6 jul. 2015

Propuesta del día: Alec 1 y 2 de Eddie Campbell (Astiberri, 2010)


Bienvenidos al desdoblamiento de Eddie Campbell en Alec MacGarry, personaje con el que el escocés articula sus vivencias y obsesiones a lo largo de un par de décadas. Y digo bienvenidos porque Campbell es, para muchos, el gran desconocido del cómic y, para otros, poco más que el padrino de lo que hoy entendemos como novela gráfica gracias a un manifiesto donde expone su ideario respecto a la libertad creativa y el cómic. “El truco está en divorciarse de la ficción sin entrar directamente en otra; evitar quedarse atrapado en un género”, sintetiza Campbell a tres cuartas partes del segundo volumen de Alec.  
Fue Harvey Pekar el primero en poner en solfa que los cómics no tenían por qué distanciarse del cotidiano y lo hizo mediante American Splendor, cabecera bajo la cual depositó su vivencias en Cleveland y alrededores durante 32 años y que, en sus inicios, se presentó con Robert Crumb como principal aliado y dibujante. Según el híbrido entre biopic y documental que Shari Springer Berman y Robert Pulcini estrenaron en 2003, American Splendor responde a la necesidad de Pekar por vaciarse de todo aquello que le suponía su carácter marginal y su condición de loser. El subtítulo de la peli reza “Ordinary life is pretty complex stuff”. La vida común es una cuestión muy complicada, o así, y ahí se cobija Eddie Campbell en Alec, donde a medio camino entre la memoria y la autobiografía, resuelve la pulsión creativa entre encargo y encargo, a partir de irse escribiendo, dibujando y autopublicando. “Dibuja el material importante y suéltalo ahí fuera. El tiempo pondrá orden”, dice en el meridiano del primer volumen, cuando ha dejado de centrarse en relatar la deriva de un grupo de amigos (La peña del King Canute) y procede a relatarse a sí mismo. En ese punto se establece la estrategia que seguirá Campbell a lo largo de todo el volumen, supeditando las diferentes tramas a su condición de autor y apostando por su expresarse desde su condición de monomaníaco, ferozmente concentrado en una sola cosa con exclusión de todo lo demás, como dirá más adelante.
Y así, mientras Campbell se concentra en hacer del cómic el medio para sus memorias, llegan Frank Miller y su apocalíptica revisión de Batman en The Dark Knight, Art Spiegelman con su reconstrucción del holocausto en Maus y Alan Moore junto a Dave Gibbons con su sátira de lo superhéroico en Watchmen. Tres obras que revolucionan la industria y que sirven, aún hoy, como indicadores de que el medio es fértil a nuevas ideas. Sobre esto reflexiona Campbell, buscando las claves que le permitan entender cómo esto condiciona su situación autoral entre las claves del medio, y con eso en mente realiza Cómo ser artista, relato que cierra el primer volumen. Allí dice, por ejemplo, que es imposible realizar una historia del Humor. Cosa que acaba por negar en Fragmentos, apelando a su madurez y preparación para afrontar un reto de tamaña envergadura. Alec está compuesta, además de la constante exposición de un grafismo personalísimo, de los puentes que Campbell tiende entre cada arco argumental, gracias al carácter elástico de la memoria y a su contingencia como autor.
Si bien American Splendor abogaba por el relato costumbrista, caricaturizando lo cotidiano, el caso de Alec es bien otro: la deriva de Campbell pasa por exponerse al máximo, por retratarse sin mediar pudor alguno.

Bienvenidos, entonces, a la aventura que significa ver a Campbell escribirse, dibujarse y perderse de manera magistral en una obra que trasciende la autobiografía para trazar el abismo al que se precipita el artista. Un abismo perfecto para un lunes de julio como hoy.

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