11 ago. 2014

Propuesta del día: Háblame de amor, de Aline Kominsky y Robert Crumb


En una carta fechada el 21 de enero de 1977,  extraída de Your vigor for life appals me: Letters 1958-1977 (Fantagraphics, 1998), Robert Crumb le confiesa a su amigo Mike Britt que lleva dos años viviendo con Aline Kominsky, una mujer a la que define como inteligente y cómica (como son cómicos los humoristas judíos), además de buena en la cama. Luego la piensa como mujer, la hace víctima de su misoginia, y añade que es muy posible que cuando Britt recibiese la misiva sería soltero otra vez, evidenciando así la fragilidad de sus relaciones de pareja. Para entonces, el tándem Crumb-Kominsky ya había empezado a experimentar con cómics autobiográficos donde ambos se dibujaban a sí mismos sin transar un ápice en ambiciones ni estilo. Y así siguieron haciéndolo hasta 2011, año en el que publican la última de las colaboraciones que recoge ¡Háblame de amor!, con tapa dura, algo ya habitual en el medio, aunque –¡por fin!– sin poner lo de ‘Novela Gráfica’ en ninguna parte.

En términos prácticos, y siendo breve, ¡Háblame de Amor! es un volumen que retrata una especie de terapia de pareja de carácter libérrimo y esquinado donde ambos autores exploran el aspecto cotidiano de su relación así como el entorno en el que se desarrolla. Esto, por ejemplo, resulta llamativo en una de las primeras historias (Aline ‘n’ Bob’s Funtime Funnies, 1974) donde un cameo de Timothy Leary en mallas evidencia dos cosas: por un lado,la cercanía de la pareja con lo que se suele nominar contracultura, jipismo o lo que sea que contemple la conjungación entre la búsqueda de formas de vida alternativas y el uso (y abuso) de drogas. Mientras, por el otro, aparece el interés de problematizar mediante los mecanismos del humor aquello que les rodea usando el autoescarnio como principal basa para dibujar su lugar en el mundo desde donde hablan.
Así las cosas, cabe advertir que en las casi trescientas páginas del volumen se dan cita la repetición constante y los temas recurrentes de una pareja que ha elegido retratarse sin tapujo alguno, lo cual conlleva, mientras se avanza en la lectura, una sensación de familiaridad que entraña una paradoja: generar  extrañeza en un ámbito donde cualquier codificación es posible porque nada sucede.
Dicho esto, cabe hacer hincapié que entre el estilo nervioso y abigarrado de Crumb y el trazo tosco de Kominsky se construye una lectura del cotidiano que da lugar a la glorificación de la banalidad y lo corriente. Glorificación que cuenta con el contrapunto que generan los monólogos disparatados, los diálogos mordientes y las acotaciones (en forma de pequeños carteles) que salpican de observaciones sardónicas cada una de las historias que componen el volumen. Un ejemplo claro de este proceso es la aparición de Sophie Crumb, hija de ambos, quien (¡desde antes de nacer!) se convierte en un eje temático sobre el que giran tanto las tensiones entre presente y pasado (“¿cómo le digo a mi hija que no se drogue si en mi trabajo explico que me ponía hasta las cejas?”) como las relativas al cambio de vida que ello significa y así hasta que ella misma roba plano. Es decir, se dibuja a sí misma completando una triada de impecable talento.
Aquí no hay, por cierto, grandes reflexiones de la vida en pareja. No se trata de eso. Lo que si encontramos son discusiones, con sus respectivos abandonos y reconciliaciones, sexo desenfrenado y grotesco, adultos que salen de compras, pases de cine en festivales, constantes cambios de vestuario, cenas y visitas de amigos —¡cameos de Art Spiegelman y Charles Burns!—, desfiles de moda y la entrada del dinero en una relación que, al comienzo, había hecho de la precariedad tema de variadas digresiones.

Si es verdad que la vocación de Crumb proviene de sus dificultades para relacionarse con el entorno, como se subraya en el volumen epistolar antes mencionado y en el documental que Terry Swigoff estrenó en 1994, este trabajo junto a Kominsky hace explícito que esas dificultades siguen ahí. Vigentes, sí, pero también compartidas durante 35 años. Y quizás por ello, en plena canícula, pensamos que era una estupenda manera de empezar la semana.

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