25 ago. 2014

Una nueva edición

Primero la hubo en tapa dura y en formato grande, luego, en pequeño y en rústica, ahora: en pequeño y en tapa dura, y es normal que así sea pues estamos ante una obra extraordinaria, pues este Génesis que ha parido Crumb ha resultado tres o cuatro veces más subversivo de lo que se esperaba —no es de recibo que cuando se supo que preparaba un trabajo sobre La Biblia algunos pensaramos que lo haría desde el lado más satírico de la vida— porque, precisamente, la subversión funciona como el opuesto absoluto de lo que se espera, como antítesis de las expectativas y no al revés. Aquí lo que ha hecho el sr. Crumb,  más allá de la novedad y de la anécdota, es un proyecto titánico que no sólo conlleva una responsabilidad y un desafío en su realización, sino que además convoca maneras que están más allá de la concepción de una obra narrativa, en este caso de narrativa gráfica, porque la Biblia es el continente de un discurso que, en palabras de Auerbach, “pervive durante milenios, dentro de la vida del hombre europeo, en una evolución activa e incesante”.

En esta ultimísima evolución que ha llevado acabo El Artista, nos encontramos con una transcripción casi literal de las imágenes que se transmiten en el Génesis y allí, alehop, uno de los gr
andes méritos de ésta obra. Me explico: La biblia, los textos que la conforman, se construye en base al conjunto de la doctrina y la promesa a fin de dotar al relato de un doble sentido oculto. El caso es que la promesa, a razón de una serie de coordenadas veladas que en el Génesis, por ejemplo, evocan un Dios dubitativo, dan lugar al anhelo de interpretación. Esta última condición le otorga a la materialidad del relato una carga que, en el mejor de los casos, conduce de manera inescrutable a la volatilización del fervor personal. Y cuando digo mejor de los casos, me refiero al fervor personal que no quiere ni necesita ser transmitido; y en este punto, quizá, encontramos el mayor éxito del volumen, ya que Crumb no se permite, en ningún caso, dar pie a la doctrina, porque acota su función, escribe autor con minúsculas, y se convierte en un ilustrador de los de toda la vida. Esa tipología de ilustrador que conjuga sus altos y bajos en función de lo que pretende adaptar, que conjuga su valor en lo que se desprende de un texto sin emitir ninguna opinión. Y allí, en esa ausencia de opinión intrínseca, está la sorpresa que nos deparaba Crumb, porque al dejar que su labor como dibujante e ilustrador hable antes que sus propios y muy merecidos antecedentes da pie a un proyecto de artista que, a día de hoy, escasea como escasean los discos de 78 rpm que tanto le gustan a Crumb. Porque Crumb ha confirmado, otra vez, que bien dispuesto lo antiguo siempre es mejor (¡y más divertido!).

¡Qué mejor inicio de semana! (Además, rima, de alguna manera con el inicio de la cultura occidental.)


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