29 feb. 2016

"ANTES DE WATCHMEN: EL COMEDIANTE"



A lo largo de la obra, Azzarello profundiza en algunos de los elementos de la biografía de El Comediante que Moore ya insinuase en “Watchmen”, situándolo de una manera u otro en los puntos calientes de la historia norteamericana durante la década de los sesenta y los setenta. De este modo, presenta a un Eddy Blake que mantiene una especial afinidad con el clan Kennedy al tiempo que actúa como agente encubierto en Vietnam y desactivando los diversos disturbios sociales y raciales que surgieronn en Estados Unidos a lo largo de estos años que acabarían por forjar su personalidad.

“Antes de Watchmen: El Comediante” es una historia que va de menos a más, ganando en interés conforme Azzarello va desarrollando la historia y el lector puede comprobar que más allá de quedarse en la superficie y limitarse a situar al personaje en diversos escenarios para dar rienda suelta a su sociopatia y los rasgos más acentuados de su personalidad en un espectáculo de violencia gratuita, Azzarello va construyendo con mimo un sutil y contenido estudio del personaje, humanizándolo en parte a los ojos del lector más allá de los datos aportados por Moore sin caer en contradicción y  enfrentando al personaje  a situaciones y conflictos límites que van forjando su carácte. Y es que si uno de los múltiples aciertos de Moore en “Watchmen” era la inteligencia con la que presentaba al personaje para sugerir al lector avezado más allá de sus horrorosos actos la existencia de una motivación, Azzarello en esta miniserie ha sabido reproducirlo para que cada lector sea el que desgrane más allá  de los hechos narrados el posible sentido trágico oculto tras su histrionismo.

Por otro lado, Azzarello demuestra su brío en el desarrollo de la intriga política que artícula parte de la historia y en reconstruir el contexto histórico sobre el que se mueve el personaje como una sombra omnipresente, manteniendo la ilusión de realismo sin traicionar la coherencia del universo paralelo en el que se desarrolla “Watchmen”. Azzarello como suele ser habitual busca referentes cinematográfcos diversos desde “Forrest Gump”, en el cada vez más socorrido recurso de introducir personajes reales junto a otros de ficción,  a otros como “Apocalypse Now” o “JFK” a los que  hace constantes guiños.

En el aspecto gráfico, J.G. Jones realiza un trabajo más que correcto, desarrollando una historia en la que ha de esforzarse por retratar a bien conocidos personajes históricos del no tan lejano siglo XX logrando un buen acercamiento de los mismos al tiempo que mantiene el pulso de la narración sin demasiadas dificultades. Jones, como ya demostrara en “Wanted”, no es un dibujante excesivamente espectacular pero desde su sobriedad y su especial atención por la composición y los detalles va progresivamente imponiendo su estilo convenciendo finalmente con el tratamiento que propone, a pesar del hieratismo de sus figuras, un mal común a casi todos los dibujantes hiperrealistas.

En fin, “Antes de Watchmen: El Comediante” es una miniserie interesante en la que un buen Azzarello aprueba con nota en su interpretación de uno de los personajes más equívocos, ambiguos y geniales creados por Moore en “Watchmen”.

Fuente: El Lector Impaciente

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25 feb. 2016

"PACIENCIA" DE DANIEL CLOWES


Paciencia significa el regreso del autor más influyente de las últimas décadas, tras más de cinco años de silencio. El multipremiado autor de Ghost World y David Boring firma aquí su obra más extensa y ambiciosa, un thriller de ciencia ficción, sentido y brutal por momentos, en el que Clowes observa por vez primera a sus semejantes con optimismo y hasta con benevolencia, abriendo una puerta a la esperanza que en anteriores trabajos solo podíamos intuir. Quizá su paternidad en 2007 o la operación a corazón abierto que sufrió en 2009 tengan algo que ver con ello. Lo que no ofrece duda es que las 180 páginas de Pacienciacontienen uno de los relatos más complejos y emocionantes que haya creado hasta la fecha, un vertiginoso destilado de todos los elementos quintaesencialmente propios de su autor, los mismos que lo han convertido en una de las figuras esenciales del cómic independiente contemporáneo.

Presentando algunas de las páginas más espectaculares de su bibliografía, Paciencia combina la magistral revisión de los orígenes y consecuencias de la angustia adolescente y los ritos de paso de Ghost World con la complejidad argumental y literaria de David Boring, retratando con escalofriante precisión el alma –a veces aparentemente sin matices– de sus torturados personajes, y logrando trascenderlos hasta alcanzar ecos de resonancia clásica. Como de costumbre, Clowes incide en los pequeños detalles de las personalidades individuales –especialmente los que tienen que ver con sus comportamientos más irritantes y sus más bajos instintos– e intenta encontrar respuesta a las grandes preguntas, en ocasiones a puñetazos.

Pero Paciencia es también una obra significativamente distinta de sus anteriores trabajos, un relato violento y emocionante en el que, sin renunciar al tono introspectivo ni a la presencia de un narrador omnisciente, Clowes se muestra menos reflexivo y más vehemente que nunca, sumergiendo al lector en un viaje frenético por el tiempo salpicado de tintes pulp y trazas de blockbuster. El autor, que ya fue nominado al Oscar por el guion de la adaptación de su propia novela gráfica, Ghost World, firma así el más cinematográfico de sus libros. En conjunto, Paciencia es una mezcla utópica de géneros de serie B que se amalgaman para dar lugar a una nueva y flamante reencarnación del género Clowes. En sus propias palabras: "Un viaje mortal por el tiempo y el espacio hasta las esencias del amor eterno".

Fuente: Fulgencio Pimentel

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22 feb. 2016

HEAVY 1986, DE MIGUEL B. NÚÑEZ


Heavy 1986 es una historia verdadera. Y cuando digo esto, me refiero a algo que va más allá de que contenga detalles reale de la biografía de su autor, Miguel B. Núñez, o de que cuente una historia realista y plausible. No; es una historia verdadera porque refleja una verdad sociocultural, una realidad en la que muchas personas van a reconocerse, tanto en sus detalles como en las cuestiones más profundas. Y resulta interesante que un autor que ha practicado la ficción más pura —en El fuego (¡Caramba!, 2013), por ejemplo— y el diario personalísimo en sus Cuadernos(Libros de Autoengaño, 2014-2015) opte ahora por esta vía para hablar de sus recuerdos.

La España de los 80, tantas veces mitificada por la generación que vivió su infancia en esa década —desde la nostalgia evocadora y acrítica, muchas veces— ha quedado resumida, musicalmente, en la Movida. Pero en 1986, el año en el que se ambienta la historia de este tebeo, la Movida ya estaba agotándose, cooptada rápidamente y recortado su espíritu transgresor. En cualquier caso, análisis al margen, es inexacta la identificación entre años 80 y Movida; no fue el movimiento musical más masivo, ni sus grupos más representativos tuvieron en ese momento más popularidad que otros no adscritos a la corriente. Al fin y al cabo, en alguna medida fue algo protagonizado por los hijos de burgueses acomodados, progres y no tan progres que habían pasado por la transición sin traumas. Pero había otra España, otra juventud a la que la creatividad, la transgresión y la provocación de la Movida no llegaba. Chavales que no tenían ningún interés en ir al Penta, pero que pasaban la semana esperando que llegara el viernes para ir al Canci. Y de esos chavales es de los que habla Heavy 1986.

Tampoco es que hablemos de una mayoría. En realidad, los heavies en aquella España que se pretendía más moderna de lo que era, no abundaban, ni siquiera en los barrios del extrarradio madrileño —Vallecas, Carabanchel— donde la crisis económica se ensañaba, y donde cientos de jóvenes no lo tenían tan fácil. El heavy era entonces una vía de escape, una filosofía de vida y una estética que permitían dar forma la ruptura con los valores de esos padres que fueron adolescentes en la dictadura y que ahora no entendían a sus hijos. Adela, Suso, Marta o el Venom tienen un horizonte incierto, tan incierto como era el de España entonces.

Por eso conviene no confundirse: el heavy no es el tema, sino el código. Heavy 1986 no es simplemente un tratado nostálgico sobre aquella música y aquellas noches en la Canciller, no se reboza en la nostalgia —de hecho, creo que la niega, en cierta forma—, sino que trata de algo que es más universal que todo eso, y que por ello puede ser disfrutado incluso por quienes no comparten esa pasión por el heavy. Trata sobre la adolescencia, sobre hacerse adulto y el inevitable choque generacional. Eso es lo que más me ha interesado de un cómic cuya sencillez formal —qué buen dibujante es Núñez, y qué poco se dice— permite sumergirse en un estado de ánimo, entre la ira y la alegría, propio de los 15 años. Casi todos los protagonistas de esta novela gráfica chocan con su familia, educada en otros valores. Estos jóvenes, que no han vivido la transición, que no saben lo que es el hambre, no se resignan a la pobreza y la mediocridad. Tienen sueños que sus padres no entienden. La desconfianza hacia su música, hacia sus pintas y sus comportamientos, puede incluso llegar a ser agresiva. Son padres que cruzan las caras de sus hijos, que los mandan a la mili, o a curros de mierda para que aprendan lo que es la vida. Hay, en suma, un abismo entre dos formas de entender el mundo que quizá nunca ha sido mayor en nuestro entorno reciente que entonces, en los tiempos de la primera adolescencia en una democracia plena.

Hay cierto desencanto presente, uno diferente al de la propia Movida, más rabioso, menos conformista. Es quizá la misma diferencia que había entre Cairo y El Víbora, en términos generales. El desinterés por la política de la juventud que muestra Núñez no proviene del acomodo burgués, sino precisamente de lo contrario: de la miseria, de la falta de expectativas, de la certeza de que la calle es muy jodida. En su páginas Adela y Marta ven, quizá por primera, a un yonki; la pandilla de chavales aún tiene que andarse con ojo con una policía escasamente depurada tras el fin de la dictadura y que descargaba su frustración contra chavales cuyas pintas no provocaban empatía entre la gente de bien; El Venom pasa de la OTAN; y Suso tiene que disimular su melena si quiere conseguir un curro que, en realidad, no quiere.

Como no puede ser de otra forma, todo eso no se vive desde la consciencia; son adolescentes y bastante tienen con conocerse a sí mismos, y gestionar sus emociones. Los primeros tonteos amorosos, la amistad, las primeras reponsabilidades… La inocencia perdida y nunca más recuperada. Y como brújula y refugio ese heavy cuyas letras hablan de resistencia, de libertad, de otros mundos… Hay una escena clave en la que Suso hace lo que hemos hecho todos, con el heavy o con otros estilos: acompaña su frustración con una canción que parece que sólo le habla a él. «Lo importante, te decía, era que no dejases de ser tú mismo. Y eso es lo mejor que puede escuchar un adolescente».

¿Cómo crecer sin dejar de ser uno mismo? Ésa es la pregunta a la que se habrían enfrentado los protagonistas de Heavy 1986 en las páginas que Núñez no ha dibujado. Acertadamente, se detiene en ese momento clave en el que el grupo actúa como una verdadera familia para proteger a Suso de su padre, un maltratador seguramente demasiado esterotipado, pero que funciona en su papel. La música es el aglutinante de un grupo de amigos para los que el barrio es la litrona en el parque y las máquinas de marcianitos en la tasca —qué bien recrea el barrio Núñez, sin subrayados, sin ser nunca obvio—, y por eso siempre está presente. A los 15 años, es indivisible de la propia amistad, de la propia vida, incluso. Núñez proyecta su propia pasión en ellos, y en las páginas del libro se escuchan canciones míticas, himnos generacionales que trascienden su calidad: Obús, Barón Rojo, Metallica, Judas Priest… Para ahondar en esa pasión y, ahí sí, profundizar en la memoria personal, Núñez incluye páginas con textos muy en la línea de sus fantásticos Cuadernos, que acompaña con retratos minuciosos en los detalles de sus ídolos de adolescencia. Entrando en ellos, entendemos totalmente esa pasión, esa identificación con unas pintas y un modo de desenvolverse que, en una España todavía demasiado gris, invitaban a la rebelión y la diferencia, a resistir contra todo y contra todos. El heavy es adolescente o no es, y ahí reside su mayor encanto.

Por eso Heavy 1986 es tan buen retrato de la adolescencia, y un tebeo acogedor —aunque cuente cosas desagradables—, con personajes vivos y un barrio real. Es un libro en el que se entra de verdad en la primera página y del que cuesta salir, que respira un cariño y una pasión que no inhiben la reflexión agridulce. Es, quizás, el mejor cómic que he leído de Miguel B. Núñez, que, se nota, lo ha dado todo en él.

Fuente: Entre Cómics

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18 feb. 2016

DESCENDER 01 ESTRELLAS DE HOJALATA, LO ÚLTIMO DE JEFF LEMIRE


Resulta curioso mirar alrededor y comprobar cuántos proyectos dentro del mundo del cómic independiente en los últimos tiempos se vienen adscribiendo al género de ciencia ficción: no hay duda, está de moda. Tal vez se trate del zeitgeist predominante en una cultura popular globalizada, la nuestra, en la que el género parece haber renacido con fuerza tanto en el cine como en la televisión y por ende en otros medios. Tal vez, abundando en esa idea, esto a su vez sea debido a que ya llevamos 15 años inmersos en ese siglo XXI que las ficciones del anterior nos describían con coches voladores, mayordomos robóticos y vacaciones veraniegas en otros planetas del sistema solar. Y, claro, al no cumplirse ninguno de esos vaticinios, en su día esbozamos una sonrisa y seguimos con nuestras cotidianas vidas pensando que el futuro nunca se materializaría en el presente, haciendo como si siguiésemos en los años noventa, siempre a punto de llegar al 2000, aunque nunca rebasándolo. Pero precisamente la cotidianeidad poco a poco ha ido dando al traste con esta ilusión: hoy por hoy tenemos teléfonos táctiles con prestaciones reservadas hace no tanto sólo a poderosos ordenadores, la clonada oveja dolly hace tiempo que murió de vieja, el análisis del ADN es un medio más para la resolución de crímenes, la carrera espacial parece dispuesta a ser reemprendida, y la inteligencia artificial parece una realidad cada vez más cercana. Y sin darnos cuenta vamos cobrando perspectiva de que el futuro nos ha alcanzado y tal vez queramos saber más de ese extraño mundo que ya no está por venir, sino que prácticamente nos rodea.

Dejando aparte esta peregrina reflexión que probablemente cualquier sociólogo o antropólogo medianamente cualificado pueda desmontar en un momento, con respecto al mundo del cómic norteamericano quizás no sea tan aventurado decir que lo que sucede es que la ciencia ficción resulta una alternativa muy sólida al omnipresente género de superhéroes. Con una pléyade de editoriales independientes tratando de encontrar unas señas de identidad propias que les diferencien de las dos majors, parece una opción muy viable. Después de todo quizás se pueda esgrimir que aparte de otras muchas bondades, la ciencia ficción no carece de unas posibilidades visuales poderosas, muy convenientes en un medio en el que tal vez los superhéroes hayan llegado a copar el mercado precisamente por, entre otras claves, esta misma ventaja.

Esa idoneidad siempre ha estado ahí, y desde luego no es la primera vez que el género ha acompañado al noveno arte; es más, ha estado junto a él casi desde el principio, dándole alguna de sus más ilustres obras. Por otro lado en las viñetas de otras procedencias geográficas distintas a la norteamericana se ha producido una relación mucho más estable y duradera: no hay más que echar un ojo al manga, a la historieta argentina y a la bande dessinée europea, trufadas de interesantísimas obras de ciencia ficción de forma constante año tras año.

Tal vez en el cómic estadounidense se trate solo de una moda pasajera que acompaña a la actual vivida en el resto de los medios y ésta pase dentro de un par de años -como pasó aquella del terror esotérico y psicológico de los años noventa- y sea sustituida dentro de un tiempo por géneros con ventajas parecidas como por ejemplo, no sé, la fantasía épica tolkieniana, puestos a hipotetizar. Pero con títulos como Fear Agent, Saga, Proyectos Manhattan, Nowhere Men, Prophet o Ciencia Oscura habiendo acaparado la atención de público y crítica en los últimos tiempos y relevándose las unas a las otras en las librerías, decir que vivimos una época dorada de la ciencia ficción en el cómic norteamericano con visos de cierta perdurabilidad no parece muy arriesgado.

Ahora, Jeff Lemire, el artista canadiense llegado al mainstream desde el panorama alternativo con la ya cristalizada promesa de llegar a ser una de las voces más interesantes del mismo (del mainstream, digo), se alía con Dustin Nguyen para ofrecer a través de Image Comics -como no- este Descender, obra con vocación de ser claramente enclavada en el género del que hablamos. Lemire tiene entre sus méritos haber sabido hacer de su paso por lo superheroico en Superboy, Animal man o Green Arrow una transición desde sus obras mas personales sin demasiados trompicones, manteniendo unas altas cotas de interés. Esto requiere más habilidad de la que podría parecer, visto el caso por ejemplo de su colega Matt Kindt, genial en sus proyectos alternativos pero parece que desgraciadamente incapaz de asimilar de forma correcta los temas pijameros para añadirles un patina de voz propia que nos llame la atención. Por su parte Nguyen y su tablero de dibujo se han curtido ofreciéndonos páginas de los universos de Batman y Wildstorm, y este curriculum junto a especialmente las acuarelas que nos brindó en el proyecto digital Batman: Li’l Gotham nos aseguraban también su competencia a la hora de contarnos una historia que mezcla tecnología avanzada con una atmósfera ténebre vista desde los ojos de un niño.

Estrellas de hojalata (el título de este primer libro de Descender) nos cuenta la historia de Tim, un androide creado con aspecto de niño que despierta en la colonia minera planetaria de Dirishu 6 tras haber pasado diez años desactivado. Allí todo el mundo ha muerto hace tiempo, y Tim descubre que mientras ha permanecido dormido algo terrible ha sucedido en nueve de los mundos colonizados por la humanidad. Unos gigantescos y silenciosos robots aparecieron un día de repente sobre ellos, y cual Celestiales del Universo Marvel juzgando indignos a los seres humanos, lanzaron un ataque devastador. Tras aquella masacre no se ha vuelto a saber de estos llamados Cosechadores, pero la maltrecha humanidad sufrió una ola de sentimiento anti robótico que todavía perdura y que desembocó en el linchamiento de miles de los artificiales seres, incluidos absolutamente todos los compañeros de serie de Tim. Al otro lado del universo, las autoridades humanas se ponen en marcha al detectar la repentina actividad del infantil robot: los datos que los científicos recogieron determinaron hace tiempo que los Cosechadores estaban basados en la tecnología de estos niños androides, y con uno funcional al que por fin examinar, el interés por capturarle y resolver enigmas es evidente.

La fascinante premisa y el universo construido por Lemire, así como fabuloso aspecto gráfico que aporta Nguyen, contribuyen a que pasemos por alto el peligro de que se pueda caer en la ñoñería con un protagonista (con mascota robótica incluida) que nos recuerda al de Inteligencia Artificial, Pinocho, o con mejores perspectivas a Astro Boy. Tim no nos resulta cargante, sólo un niño asustado y en peligro que no sabe qué sucede a su alrededor, ni cómo debe actuar.

Sin el tono irreverente de muchas de las obras citadas más arriba y con un enfoque mucho más sobrio y de ciencia ficción clásica, vista esta primera entrega de Descender parece que Lemire y Nguyen han construido un trabajo que probablemente ocupe un merecido lugar entre ellas. Bienvenido sea.

Fuente: Zona Negativa

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10 feb. 2016

HISTORIAS CORRIENTES + PÓSTER

Por la compra del título de Norma Editorial, "Historias Corrientes", de regalo este increíble póster :D


8 feb. 2016

LO ÚLTIMO DE GAIMAN: "SANDMAN OBERTURA"



"El último episodio de Sandman escrito por Neil Gaiman se publicó en marzo de 1996. Después, durante diecisiete años, el personaje durmió en el limbo de los seres imaginarios hasta que el guionista de Porchester decidió despertarlo para ofrecer una única función antes de devolverlo a su lecho mágico y silencioso. El resultado es Sandman: Obertura, la serie limitada que desvela los sucesos previos a la captura de Morfeo por parte del ocultista Roderick Burguess (tal como estableció el episodio inaugural de la serie). Esta nueva obra —portentosamente dibujada por J. H. Williams III— nos devuelve al Rey del Sueño en todo su pálido y altivo esplendor. También a los miembros más populares de su peculiar familia, como Muerte o Destino. Y sobre todo, nos restituye uno de los universos narrativos más imaginativos, poderosos y atemporales de las últimas décadas. Evidentemente, el sueño terminó hace diecisiete años. Pero Sandman: Obertura contiene todos los ingredientes que hicieron del original un clásico contemporáneo."

Aún tengo pendiente el leer a Neil Gaiman en algún ámbito más allá de la guionización de cómic, y si bien es cierto que siempre he admirado su obra y su figura, con Sandman: Obertura deja bien claro que sus logros han llegado hasta donde están por algo y que, con el paso del tiempo, como los buenos vinos, mejora.

Hace ya un tiempo, primero con Stardust y después con 1602, que la figura de Gaiman era alguien... Supongo que especial. Especial al estilo en que sólo otros como Tim Burton o Mike Mignola lo son. Una persona con algo que decir que va más allá de la pura palabra, y creo, por no asegurar, que ésa es la magia de los guiones de los cómics de Neil Gaiman, donde no basta leer, ni basta con mirar la imagen, porque son mundos tan complejos e imaginativos y a la par tan simples y reales (dentro de lo que cabe denominar como "real" a una historia de Gaiman) que es imposible comprender su totalidad sólo con uno de estos elementos.
Así, en Obertura nos muestra un universo ya empezado con Sandman, sirviendo así como homenaje a lo que podríamos considerar como su obra, si no más grande, sí más conocida en el mundo del cómic.Este preludio a la obra antes mencionada parece abrir las puertas a un nuevo mundo de posibilidades que parecen culminar con el inicio de la historia de Sueño. Sin embargo, abandona el plano terrenal para centrarse, o al menos eso parece, en un mundo absolutamente onírico y físicamente ilógico muy acorde a la historia que nos quiere contar.

Si bien tengo que reconocer que estoy algo perdido con cómo avanzará la historia (cosa lógica siendo el primer número), tengo que admitir también que la estética que ha conseguido darle J. H. William III (me gusta hasta su nombre) me ha enganchado mucho más, con toques más finos y elegantes, unos trazos muy limpios y un color increíblemente variado en los casos necesarios y repetitivo en otros tantos que le dan a cada viñeta el toque justo para engancharte con cada detalle.

Incluso a mí mismo me extrañaba cómo sería posible realizar una reseña de un volumen tan increíblemente breve, pero apenas 28 páginas de imágenes y letras no han hecho más que abrir el apetito de una historia que, aunque corta, promete ser visual y narrativamente una gran obertura.

Fuente: La Mesilla de Noche

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4 feb. 2016

ANIMAL MAN DE GRANT MORRISON LIBRO 1: EL ZOO HUMANO




Créeme, hay pocas cosas más embarazosas que tener que escribir la introducción de tu propio cómic. No cuento con el dudoso placer de tener el respaldo de Stephen King o Clive Barker. No cuento con las brillantes alabanzas de mis colegas, mientras mienten apretando los dientes y esperan que les llegue su cheque por correo. No cuento con el análisis técnico detallado, la afabilidad aduladora o el tono reverencial sosegado. En lugar de eso, me veo obligado a salir al estrado y defenderme solo. 

¿Y qué digo? 

Animal Man fue un hito fundamental en el desarrollo actual de la narrativa gráfica, y me considero afortunado... no, privilegiado... no, bendecido de haber conocido a Grant Morrison en un momento tan importante de su brillante carrera...” 

Todo muy cierto, pero los lectores de cómics valoran la modestia y la humildad por encima de todo, así que quizás debería limitarme al cinismo cansado y autocrítico. 
“¿Animal Man? No fue gran cosa. Me ayudó a pagar facturas, supongo.” 

Hmm, podría tener razón, pero no cuenta toda la historia. 

Será mejor ceñirme a los “hechos”: 

En 1987, en la cúspide de las alabanzas de la crítica hacia el trabajo de Alan Moore en La Cosa del Pantano y Watchmen, DC envió a una banda de apagafuegos a lo que se suele llamar de forma pintoresca una “caza de talentos” en el Reino Unido. La idea era mirar debajo de las piedras y ver si había más autores británicos excéntricos que pudieran hacer maravillas con algunos viejos personajes que languidecían cubiertos de polvo en el catálogo de DC. 

Fui uno de los que recibieron la llamada aquel año, y no tenía ni idea de a quién podía rescatar y renovar. Sin embargo, en el tren de Glasgow a Londres, mi cerebro febril e hiperestresado cayó al fin en Animal Man. Ese personaje menor de las páginas de Strange Adventures de los años sesenta siempre me había fascinado, por sabe Dios qué extrañas razones; y, mientras el tren atravesaba un paisaje pintoresco de casas Tudor y bobbies sonrientes en bici, empecé a componer un escenario que involucraba a un superhéroe de tercera, en paro, casado y con hijos, que se implica en asuntos proanimalistas y encuentra su verdadera vocación en la vida. 

Inicialmente, Animal Man estaba concebida como una miniserie de cuatro números. Mi intención era radicalizar y realinear el personaje de Buddy Baker y luego dejar que otro lo pillara y lo desarrollara. Sin embargo, resultó que me pidieron que continuara el cómic en una serie regular y, de pronto, me encontré perdido y sin ideas. Al no tener la menor intención de producir otra exploración descarnada y realista de lo que era ser un superhombre y/o un vigilante urbano con problemas emocionales, busqué desesperadamente una nueva dirección. Lo que se me ocurrió finalmente fue El evangelio del coyote, que se convirtió en la plantilla para el desarrollo ulterior de toda la serie, y que sigue siendo una de mis historias favoritas. Lo divertido es que, mientras escribía El evangelio del coyote, estaba totalmente convencido de que lo que estaba escribiendo era un galimatías ilegible que pondría el último clavo en el ataúd de mi incipiente carrera como guionista de cómics americanos de superhéroes. El éxito y la popularidad de la historia me pillaron totalmente por sorpresa, y me animaron a seguir produciendo galimatías totalmente ilegibles que, desde entonces, se han convertido en mi sello personal. 

Al mismo tiempo, El evangelio del coyote inició una trama que se terminaría resolviendo en el número 26 deAnimal Man, mi último número como guionista. Las pistas sobre esa trama se introdujeron en el número 8 y, por ello, los nuevos lectores no deberían quedarse demasiado desconcertados por la aparición de una misteriosa pantalla de ordenador, una misteriosa figura en los arbustos y un igualmente misterioso físico nativo americano. 

Los nuevos lectores también se encontrarán algo confundidos por las portentosas referencias a una “invasión” en las historias Aves de presa y La muerte de la Máscara Roja. De hecho, Invasión fue el nombre de una serie de crossovers de DC en el que una panda de personajes desagradables del espacio exterior lanzaban un ataque contra nuestro querido planeta Tierra, sin que mediara una provocación. La mayoría de las series de superhéroes de DC de esa época se entretejieron con la historia principal de Invasión, y Animal Man no se libró de ello. Por ello entre los números 6 y 7, y entre el 7 y el 8, Animal Man participó en la guerra de los superhéroes contra los agresores alienígenas, durante la cual sus poderes animales quedaron tocados, y de ahí sus problemas en la historia del número 9, Mejoras del hogar. 

¿Confundido? Yo lo estoy. 

Ahora que puedo volver a mirar Animal Man a través del filtro engañoso de unas gafas de color de rosa, veo muchas cosas que me gustan. Me gusta el hecho de que la mayoría de historias queden cerradas en 24 páginas. Me gusta la oportunidad que se me dio de presentar una versión malhablada y de Glasgow del personaje del Amo de los Espejos de DC, y me gustan las payasadas hogareñas de la familia Baker. 

Para mí, el otro aspecto importante de trabajar en Animal Man fue que el cómic no solo me proporcionó una plataforma para mostrar mi punto de vista gruñón y cada vez más misantrópico sobre el tema de los derechos de los animales, sino que también me animó a actuar además de hablar. Poco después de empezar a trabajar en Animal Man, me uní al Grupo de Simpatizantes del Frente de Liberación Animal y me comí mi último filete. Desde entonces, he sobrevivido exclusivamente a base de agua, hierba, cacahuetes y la amabilidad de los extraños. Ahora me parece que el asunto de los derechos de los animales quizás sea demasiado amplio y complicado como para tratarlo de forma adecuada en un cómic, pero si Animal Man ayudó a alertar a algunos lectores de las atrocidades sin sentido que se cometen a diario en nombre de la ciencia, entonces habrá merecido la pena. 

Lo que me lleva al final de la página. ¿Cómo escribo mi propia introducción sin sonar demasiado engreído y pagado de mi mismo, ni demasiado falsamente humilde? 

Animal Man fue un cómic escrito por Grant Morrison y dibujado por Chaz Truog, Doug Hazlewood y Tom Grummett. Tenía unas portadas cojonudas de Brian Bolland, fue editado por Karen Berger y Art Young, y coloreado por Tatjana Wood. A alguna gente le gustó y a otra no.” 

Posiblemente. 

¿Por qué no lo lees y juzgas por ti mismo?

Grant Morrison
1991

Artículo publicado en las páginas de Animal Man de Grant Morrison Libro 01: El zoo humano.


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