18 feb. 2016

DESCENDER 01 ESTRELLAS DE HOJALATA, LO ÚLTIMO DE JEFF LEMIRE


Resulta curioso mirar alrededor y comprobar cuántos proyectos dentro del mundo del cómic independiente en los últimos tiempos se vienen adscribiendo al género de ciencia ficción: no hay duda, está de moda. Tal vez se trate del zeitgeist predominante en una cultura popular globalizada, la nuestra, en la que el género parece haber renacido con fuerza tanto en el cine como en la televisión y por ende en otros medios. Tal vez, abundando en esa idea, esto a su vez sea debido a que ya llevamos 15 años inmersos en ese siglo XXI que las ficciones del anterior nos describían con coches voladores, mayordomos robóticos y vacaciones veraniegas en otros planetas del sistema solar. Y, claro, al no cumplirse ninguno de esos vaticinios, en su día esbozamos una sonrisa y seguimos con nuestras cotidianas vidas pensando que el futuro nunca se materializaría en el presente, haciendo como si siguiésemos en los años noventa, siempre a punto de llegar al 2000, aunque nunca rebasándolo. Pero precisamente la cotidianeidad poco a poco ha ido dando al traste con esta ilusión: hoy por hoy tenemos teléfonos táctiles con prestaciones reservadas hace no tanto sólo a poderosos ordenadores, la clonada oveja dolly hace tiempo que murió de vieja, el análisis del ADN es un medio más para la resolución de crímenes, la carrera espacial parece dispuesta a ser reemprendida, y la inteligencia artificial parece una realidad cada vez más cercana. Y sin darnos cuenta vamos cobrando perspectiva de que el futuro nos ha alcanzado y tal vez queramos saber más de ese extraño mundo que ya no está por venir, sino que prácticamente nos rodea.

Dejando aparte esta peregrina reflexión que probablemente cualquier sociólogo o antropólogo medianamente cualificado pueda desmontar en un momento, con respecto al mundo del cómic norteamericano quizás no sea tan aventurado decir que lo que sucede es que la ciencia ficción resulta una alternativa muy sólida al omnipresente género de superhéroes. Con una pléyade de editoriales independientes tratando de encontrar unas señas de identidad propias que les diferencien de las dos majors, parece una opción muy viable. Después de todo quizás se pueda esgrimir que aparte de otras muchas bondades, la ciencia ficción no carece de unas posibilidades visuales poderosas, muy convenientes en un medio en el que tal vez los superhéroes hayan llegado a copar el mercado precisamente por, entre otras claves, esta misma ventaja.

Esa idoneidad siempre ha estado ahí, y desde luego no es la primera vez que el género ha acompañado al noveno arte; es más, ha estado junto a él casi desde el principio, dándole alguna de sus más ilustres obras. Por otro lado en las viñetas de otras procedencias geográficas distintas a la norteamericana se ha producido una relación mucho más estable y duradera: no hay más que echar un ojo al manga, a la historieta argentina y a la bande dessinée europea, trufadas de interesantísimas obras de ciencia ficción de forma constante año tras año.

Tal vez en el cómic estadounidense se trate solo de una moda pasajera que acompaña a la actual vivida en el resto de los medios y ésta pase dentro de un par de años -como pasó aquella del terror esotérico y psicológico de los años noventa- y sea sustituida dentro de un tiempo por géneros con ventajas parecidas como por ejemplo, no sé, la fantasía épica tolkieniana, puestos a hipotetizar. Pero con títulos como Fear Agent, Saga, Proyectos Manhattan, Nowhere Men, Prophet o Ciencia Oscura habiendo acaparado la atención de público y crítica en los últimos tiempos y relevándose las unas a las otras en las librerías, decir que vivimos una época dorada de la ciencia ficción en el cómic norteamericano con visos de cierta perdurabilidad no parece muy arriesgado.

Ahora, Jeff Lemire, el artista canadiense llegado al mainstream desde el panorama alternativo con la ya cristalizada promesa de llegar a ser una de las voces más interesantes del mismo (del mainstream, digo), se alía con Dustin Nguyen para ofrecer a través de Image Comics -como no- este Descender, obra con vocación de ser claramente enclavada en el género del que hablamos. Lemire tiene entre sus méritos haber sabido hacer de su paso por lo superheroico en Superboy, Animal man o Green Arrow una transición desde sus obras mas personales sin demasiados trompicones, manteniendo unas altas cotas de interés. Esto requiere más habilidad de la que podría parecer, visto el caso por ejemplo de su colega Matt Kindt, genial en sus proyectos alternativos pero parece que desgraciadamente incapaz de asimilar de forma correcta los temas pijameros para añadirles un patina de voz propia que nos llame la atención. Por su parte Nguyen y su tablero de dibujo se han curtido ofreciéndonos páginas de los universos de Batman y Wildstorm, y este curriculum junto a especialmente las acuarelas que nos brindó en el proyecto digital Batman: Li’l Gotham nos aseguraban también su competencia a la hora de contarnos una historia que mezcla tecnología avanzada con una atmósfera ténebre vista desde los ojos de un niño.

Estrellas de hojalata (el título de este primer libro de Descender) nos cuenta la historia de Tim, un androide creado con aspecto de niño que despierta en la colonia minera planetaria de Dirishu 6 tras haber pasado diez años desactivado. Allí todo el mundo ha muerto hace tiempo, y Tim descubre que mientras ha permanecido dormido algo terrible ha sucedido en nueve de los mundos colonizados por la humanidad. Unos gigantescos y silenciosos robots aparecieron un día de repente sobre ellos, y cual Celestiales del Universo Marvel juzgando indignos a los seres humanos, lanzaron un ataque devastador. Tras aquella masacre no se ha vuelto a saber de estos llamados Cosechadores, pero la maltrecha humanidad sufrió una ola de sentimiento anti robótico que todavía perdura y que desembocó en el linchamiento de miles de los artificiales seres, incluidos absolutamente todos los compañeros de serie de Tim. Al otro lado del universo, las autoridades humanas se ponen en marcha al detectar la repentina actividad del infantil robot: los datos que los científicos recogieron determinaron hace tiempo que los Cosechadores estaban basados en la tecnología de estos niños androides, y con uno funcional al que por fin examinar, el interés por capturarle y resolver enigmas es evidente.

La fascinante premisa y el universo construido por Lemire, así como fabuloso aspecto gráfico que aporta Nguyen, contribuyen a que pasemos por alto el peligro de que se pueda caer en la ñoñería con un protagonista (con mascota robótica incluida) que nos recuerda al de Inteligencia Artificial, Pinocho, o con mejores perspectivas a Astro Boy. Tim no nos resulta cargante, sólo un niño asustado y en peligro que no sabe qué sucede a su alrededor, ni cómo debe actuar.

Sin el tono irreverente de muchas de las obras citadas más arriba y con un enfoque mucho más sobrio y de ciencia ficción clásica, vista esta primera entrega de Descender parece que Lemire y Nguyen han construido un trabajo que probablemente ocupe un merecido lugar entre ellas. Bienvenido sea.

Fuente: Zona Negativa

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