29 mar. 2016

"FRECUENCIA GLOBAL" DE WARREN ELLIS



En 2002, Warren Ellis estaba en la cima de su cruzada por revolucionar el cómic mainstream. Hablamos de un tipo que rompió la monotonía gris y sicopática de los ’90 con una mirada radical y llena de cinismo realista. Con él, ya no se trataba de llorar o sufrir de locura, sino de tomar el toro por las astas y mandarlo al infierno mismo. Ellis había marcado territorio como uno de los últimos autores en marcarse un hito en Vertigo con Transmetropolitan y, saltando a Wildstorm, había dado forma a sus obras capitales: Planetary y The Authority. Ya establecido como el nuevo paradigma de narrativa (sin Ellis, jamás habría sido posible The Ultimates), ¿qué se podía esperar del “heredero” de Alan Moore y Neil Gaiman?

Un giro inesperado. Un experimento. Un tiro en la cabeza. Eso es Global Frequency.

¿Pero de que va su premisa? Simple: una organización secreta e internacional de recursos ilimitados, posiblemente financiada por las naciones del G8 y que posee jurisdicción global plena para intervenir en casos de crisis extrema. Lo que diferencia a Global Frequency de otros supergrupos como Planetary o Authority es su estructura: está conformada por 1001 agentes, cada uno de ellos experto en su área específica, repartidos por diversos puntos del globo y que esperan el llamado a la acción.

No son agentes durmientes, sino en reserva, esperando su turno, que llega ante todo por localización y después por expertiz. Francotiradores, agentes infiltradores, hackers y expertos en física cuántica comparten membresía con sociólogos, investigadores, chamanes esotéricos y agentes de policía comunes y corrientes. Ninguno de ellos se conoce entre sí, pero cada uno posee un teléfono satelital que les ha entregado su líder, Miranda Zero, único rostro conocido de la organización.

En cualquier momento pueden recibir la llamada de Aleph, la borgeana agente coordinadora de todos las células activas de Global Frequency y que les asigna responsabilidades, coordinando el trabajo de campo e interconectando a todos los agentes. Una completa red de habilidades específicas al servicio de la humanidad en peligro.

La premisa exuda adrenalina por los cuatro costados y Ellis, antes que dedicarse a explicarla, prefiere experimentar con ese mismo vértigo. La serie se desarrolla en doce capítulos unitarios que están desarrollados por un artista diferente cada vez y Ellis escribe para el lucimiento del dibujante. Por ejemplo, el tono contemplativo y minimalista de una misión en tierras nórdicas es para el lucimiento del gran John J. Mouth (Sandman), mientras que otro episodio dedicado a un combate entre dos mercenarios entrenados para alimentarse del dolor físico, marcada por las mutilaciones, está dada para Simon Bisley (Lobo).

Asimismo se luce la pluma de Lee Bermejo (Joker) en el caso de un agente japonés enfrentado al intenso horror de experimentos físicos y mentales como sólo se puede ver en Japón, o el ritmo narrativo clásico de Chris Sprouse (Tom Strong) en una aventura contrarreloj de secuestro y rescate. La nómina de artistas es de lujo y sólo por ella vale la pena adquirir este tomo: Garry Leach, Glenn Fabry, Steve Dillon, Roy Allan Martínez, David Lloyd, Tomm Coker, Jason Pearson y Gene Ha.

¿Qué le juega en contra a Global Frequency? Justamente, su vocación televisiva. Es difícil mantener el interés cuando no existe un hilo conductor claro en la lectura. El orden de los episodios es irrelevante. Aparte de Miranda Zero y Aleph, no hay otros personajes que se muestren constantes, y si bien sus perfiles son explicados, no se profundiza en ellos. No era el momento. Villanos reconocibles no hay: las amenazas son variables e incidentales. ¿es todo esto un defecto? En lo absoluto.

Cada episodio es una bomba de adrenalina y un constante viaje en media res; de hecho no es recomendado leerla de corrido, pues la sensación de vació puede ser muy fuerte. El ideal es agarrar el tomo y escoger una aventura al azar, dejarse llevar y soltarla. Ellis entrega episodios directos al mentón en su habitual estilo: cínicos, malhablados y mala leche, con un desencanto palpable y desesperanzador, pero sin perder nunca el sentido del humor. Si no es posible aceptar esta premisa, mejor dejarlo pasar. Global Frequency no es una serie para medias tintas.

¿Puede evaluarse el impacto de Global Frequency en estos días, cuando ya conocemos lo que puede ser Lost o 24 en TV? Ciertamente como propuesta televisiva ha envejecido mal. Lo que era novedoso, su vértigo inicial y sensación de constante amenaza se ha diluido, amén del buen hacer de los talentos que hoy campean en televisión y que han demostrado que no sólo es posible entregar tramas complejas, sino también – y sobretodo – personajes complejos (Battlestar Galactica, Torchwood, Mad Men, Breaking Bad).

Sin embargo, puesta en su contexto como novela gráfica (o serie más bien), Global Frequency es tremendamente innovadora. Su profundo conocimiento de la ciencia ficción más dura (sello de fábrica de Ellis) le ha permitido ser profética en su tiempo y furiosamente actual hoy a casi 10 años de su creación. La visión de Ellis para el uso de internet, el trabajo interdisciplinario, el uso (y factibilidad) de implantes biónicos, la relación entre ciencia física y magia esotérica, entre otros muchos tópicos especialmente nucleares hacen de GF una lectura más que vigente. No es casual que tras el fallido piloto que efectivamente se realizó en 2005, y que nunca llegó a ver la luz, se haya retomado tibiamente la idea hace poco menos de un año para un segundo intento, corrigiendo y actualizando ese intento protagonizado por la muy de moda Michelle Forbes (Maryann Forrester en True Blood).

Fuente: Salón del Mal

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24 mar. 2016

"AQUÍ VIVIÓ" DE ISAAC ROSA



En los últimos tiempos la crisis se ha convertido en un subgénero del cómic con grandes títulos que han reflejado la difícil situación de nuestro país casi mejor que los periódicos y la televisión. Esos cómics también han hablado sobre los desahucios; pero Aquí vivió. Historia de un desahucio (Nube de tinta), es el primero que nos habla de la lucha contra ellos, de la unión de los afectados en una pelea tan desigual como necesaria.

Un cómic que es el debut en la novela gráfica del escritor, periodista y guionista sevillano Isaac Rosa (La malamemoria, El país del miedo) en colaboración con la dibujante Cristina Bueno, que ya nos habló de la crisis, aunque de forma muy distinta, en Las abuelas dan el golpe (Planeta Cómic), junto a la guionista Raquel Franco.

Una ruptura familiar, un cambio de casa y la adolescencia son el punto de partida de Aquí vivió, que nos cuenta la historia de Alicia, una joven que se muda de casa y descubre un misterio que la empuja a investigar quién vivió anteriormente en su nuevo hogar y por qué fueron desahuciados.

“Como periodista he escrito muchos artículos sobre la crisis –asegura Isaac-, pero hace tiempo que venía dándole vueltas a encontrar otra forma de enfocar algo que me interesa mucho, que es la lucha contra los desahucios. Una lucha que no me terminaba de encajar en una novela. Entonces Nube de Tinta me propuso crear una novela gráfica de temática social y vi que el cómic podía ser perfecto para contar la historia que tenía en mente”.

Fuente: Rtve

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23 mar. 2016

ONOMATOPEYAS EN CONTINUARA

En Continuara tenemos una novedad sorprendente: las onomatopeyas de los cómics. Realizadas en material rígido y silueteadas, las onomatopeyas se pueden colgar en paredes y puertas. Será un Boom!

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18 mar. 2016

ENTREVISTA A DANIEL TORRES POR "LA CASA"



Daniel Torres es uno de los nombres esenciales de nuestra historieta. A lo largo de sus 35 años de carrera ha dejado en la memoria de varias generaciones de lectores personajes fundamentales como el villano Opium o el héroe por excelencia, Roco Vargas, firmando uno de los álbums fundamentales de la historia del noveno arte: La estrella lejana. Después de acercarse a la novela gráfica con “Burbujas”, Daniel Torres nos sorprende con su mayor reto: “La Casa”, todo un despliegue de talento en el que nuestro autor ha invertido 6 años de trabajo. Con Daniel Torres hablamos de “La Casa”.

Pregunta: ¿Qué es “La Casa”?

Respuesta: Según reza en la portada, “La Casa” es la crónica de una conquista. En términos de un creador gráfico, crónica es un relato y la conquista no deja de ser una aventura, de modo que son 26 relatos, 26 aventuras, la historia de 26 personajes. Lo singular es que esos personajes son casas. No es la primera vez que una casa se convierte en protagonista de mis historias como bien saben mis lectores pero sí es en la primera en la que la casa ocupa el pedestal máximo convirtiéndose en el centro de 26 historias.

Es una obra tan inmensa que es complicada su definición. También es mi reválida como autor. Este año cumplo 35 años de profesión y es como si hubiese hecho un proyecto de fin de carrera poniendo sobre la mesa todas mis habilidades como narrador gráfico.

P.: ¿Cómo nace la obra?

R.: Nace por mi gusto por la arquitectura. Durante un par de años compaginé mis estudios de Bellas Artes con Arquitectura, hablamos del año 75. Me licencié en Bellas Artes y, prácticamente al acabar, me hice profesional de la historieta pero siempre he mantenido el gusto por la arquitectura siguiendo la vida y obra de los arquitectos, leyendo revistas... La arquitectura es algo que nos afecta a todos, de hecho, la mayoría de la gente vivimos en ciudades.

Debido a mi gusto por la arquitectura, mi editor Rafa Martínez me hace una propuesta el 2008: ¿porqué no hacer una obra grande en la que se convierta la arquitectura en el centro de la historia?.

La propuesta se concreta en una frase que él me dice y que determina la concepción del libro. Muy poca gente se da cuenta del valor que tiene la posesión de una casa. Poca gente reflexiona lo que nos ha costado a los humanos en la historia el derecho a tener una casa. Podía haber sido un libro técnico sobre arquitectura pero esta reflexión me muestra el camino a seguir. Lo primero que hago es investigar en las principales librerías si hay otras obras similares y veo que no los hay. Hay libros de historia, de costumbres, de sociología... pero de no hay libros de todas estas disciplinas juntas y, mucho menos, realizados con narración gráfica. Nos dimos cuenta de que había un territorio por explorar y fuimos a por ello.

La idea surge de hacer 12 tomos de 48 páginas. En el proceso, que dura 6 años, vamos haciendo la propuesta más adecuada al público y al momento. Nos parece excesiva la fidelización que exigiría al público y pasamos a 6 entregas. De los 6 pasamos a 3 y de 3 a 1 y es así como el libro llega a ser un tomo único de 600 páginas.

Han sido 3 años de investigación, búsqueda, elección de temas a tratar, bocetos de texto y dibujo... Hacer el planteamiento conceptual de una obra así es muy largo y laborioso. Con todo el contenido claro me pongo a hacer originales, que han sido 3 años de trabajo. Es el trabajo intelectualmente menos pesado pero es el que más tiempo ocupa. Si contamos todo lo dibujado, en el libro hay unas 3.000 o 4.000 imágenes. Un trabajo ímprobo.

P.: Cada capítulo nos cuenta la historia de una casa en un periodo histórico concreto, de modo que podemos ver la evolución de la especie humana desde el neolítico.

R.: Exactamente. Yo quería contar la historia desde el principio. Todos hemos estudiado y la historia nos enseña fechas, batallas, generales y reyes pero se conoce mucho menos cómo era la vida de la gente común, la gente que estaba por debajo de todos esos personajes famosos. De este libro podían haber salido 2 libros de 600 páginas. Me he centrado en los últimos 3.000 años, en el momento en el que el hombre construye su primer refugio hasta el presente. Me he centrado en Occidente, Europa y América. He tenido que dejar, dolorosamente, la mayor adaptación que la humanidad ha podido conseguir al medio como es el iglú. Una construcción que es hielo. Cómo el ser humano ha sabido transformar el medio a sus necesidades es el origen del libro. Al centrarme en Occidente he tenido que dejar fuera construcciones tan apasionantes como la casa japonesa pero era imposible contarlo todo. Hemos tenido que dejar fuera, aunque salga en la portada, las cuevas también porque no es una construcción realizada por el hombre. Comenzamos la historia hace 3.000 años en el origen de las civilizaciones con la construcción en el 1.200 a.c. De una construcción de adobe, de barro, poco más que un refugio.

P.: A la vez que de arquitectura, haces un tratado sociológico mostrando los modelos de convivencia que se generan alrededor de las viviendas. Las familias a veces son producto del tipo de vivienda.

R.: Exactamente. Todas las cosas que aparecen aquí, son cosas que intuimos pero hasta que no te documentas no te das cuenta de cómo nosotros adaptamos el medio a nuestras necesidades pero el medio también nos cambia  a nosotros.

Nosotros construimos la casa pero meternos dentro de un cubículo cambia la relación de la gente que convive y de las familias. La casa determina cómo serán las costumbres y cómo han cambiado conceptos como la intimidad o el modo en que nos mostramos frente a los demás. El hecho de tener que convivir con 10 o 12 personas en un espacio reducido cómo nos afecta. Imaginar y mostrar cómo eran las condiciones de vida dentro de las casas a lo largo de la historia es lo que está gustando especialmente a los lectores. La gente descubre, como yo mismo he descubierto en el proceso, sorprendentes modos de vivir relacionados con la vivienda.

P.: Hay saltos importantes. Momentos de cambios a los que dedicas una atención especial. Casos como Grecia o Roma en las que las construcciones están mucho más elaboradas y en las que te centras en personajes cotidianos que habitan las ciudades.

R.: Aunque los habitantes no hayan trascendido, sus logros en la vivienda sí lo han hecho. Una de las tesis más importantes del libro es que las casa tienen ADN. Cada casa tiene una herencia. Como podrá imaginar el lector yo escribo desde una casa amplia y bien iluminada en una ciudad, pero conseguirlo ha costado mucho. Cuando doy al interruptor de mi casa y consigo la luz culmino todo un proceso que ha durado siglos.

Lo que me interesaba contar es cómo nos ha llegado esa herencia. Me dije a mi mismo, voy a contar la historia de un lugar a través de los personajes anónimos que lo habitan de modo que el lector, a través de esos pequeños personajes sea consciente de esa historia más grande. Casas comunes, gente común que construye una gran historia.

P.: En Atenas vemos momentos de gran actualidad como el impago de las hipotecas que se ejecuta quitando la puerta de la casa.

R.: El concepto de que no eres dueño de las cosas y que te pueden echar se pierde en la noche de los tiempos. No hay nada más representativo de ello como la puerta. Si hoy nos quitasen la puerta de casa nos sentiríamos totalmente desprotegidos. Nos han quitado una barrera que nos deja destrozados. Si nos quitan el agua o la luz nos sentimos muy incómodos pero pensar que no va a volver nos sume en la desesperación. Está documentado que en la Grecia clásica, para echar a un inquilino se le quitaba la puerta o se le cerraba el pozo de agua con un candado, un candado que se quitaba cuando llegaba un nuevo inquilino. Es algo muy gráfico que nos permite ver cómo las hipotecas han estado siempre muy presentes.

P.: El agua es un río que circula a lo largo de todo el libro. Es algo muy esencial hoy día pero es una de las conquistas más importantes.

R.: Sí. El primer paso de nuestra historia ha sido conseguir confort y después calidad de vida. La gente sabe que esas comodidades hasta bien entrado el siglo XIX no se han conseguido. La gente ha vivido muy mal, sin luz ni condiciones sanitarias mínimas dependiendo de dónde o en qué época. La historia está llena de avances y retrocesos. La revolución industrial supuso un retroceso en las condiciones de vida con unas aglomeraciones espantosas. Para valorar lo que tenemos, hay que ser conscientes de lo que ha costado conseguirlo.

P.: Centras la historia en lugares concretos en distintos momentos de su historia.

R.: En cada capítulo quería buscar un sitio representativo de lo que estuviese explicando. En algunas ocasiones era el propio sitio el que marcaba su elección. La revolución industrial estaba muy centrada en las grandes ciudades de Inglaterra, en otros he jugado entre dos o tres sitios pero cada tema traía el lugar donde desarrollarlo. Roma estaba claro y Atenas también. En la Edad Media podía encontrar en muchos sitios la involución de la civilización. El renacimiento de las ciudades está muy centrada en Italia y elijo Florencia para mostrarlo.

P.: En Florencia vemos una vocación de autor del arquitecto, un punto de inflexión en la historia en el papel del aprendiz que no se resigna a serlo y sueña con ser un gran creador.

R.: Un punto de inflexión como el que marcó la propia idiosincracia del Renacimiento. Hay un redescubrimiento del yo clásico. La persona como centro de la vida, de la conciencia, del hecho intelectual. Todo lo que se había perdido a lo largo de la Edad Media renace en un sitio muy concreto, la Italia del Cinquecento. La elección de los personajes no ha sido muy complicada, me ha venido dada por la propia historia. Al pensar en cómo debían ser las personas que vivían en cada casa, pronto eran ellas mismas quienes se presentaban. Necesito una gran cantidad de documentación a la hora de abordar la historia. No es un afán de acumular datos, es que sino estoy perdido. Mi trabajo en general y este en particular no se puede hacer si no es con sinceridad. El lector no es tonto y sabe cuando se le intenta colar cosas que no son. Para ser honesto y sincero hay que documentarse mucho y saber las herramientas concretas que puedes usar en cada momento. Los personajes son invenciones mías, no hay ningún personaje histórico en el libro. No aparecen fechas ni reyes en lo que centrar históricamente el capítulo. Una vez acabada la lectura, el lector puede acudir a los libros de historia pero mi tarea era distinta. Mi tarea era humanizar la historia y crear personajes reales para cada momento. Cada personaje se me dibujaba en la cabeza al conocer su casa. De hecho tengo una anécdota. En el capítulo de la Edad Media hay una niña, Alice, una niña que lo pasa fatal, como el 99% de la gente. Yo la iba dibujando y al principio no me salía el tono del texto. En un momento le dije al personaje, Alice habla, y es así como encontré el tono para contar la historia, una historia contada desde su punto de vista que da ese tono tan íntimo que el capítulo requería. Usa pocas palabras para intentar describir un mundo tan pequeño y tan inmenso a la vez para ella. Un mundo tan hostil y terrible pero con un poco de luz y de esperanza que le da la propia Alice. Igual que con Alice, cada uno de los personajes me tenía que transmitir su voz.

Tenemos el personaje de otra niña, Flora, nacida en la Revolución Industrial. Es su voz la que nos permite ver las circunstancias de la vida del personaje.

P.: En ese caso concreto cuentas la historia a través de un flasback que nos muestra lo próxima que está la Revolución Industrial. El personaje, que vive en nuestra época, ha conocido ese mundo.

R.: Exactamente. Esa historia comienza en 1966, en la época de Los Beatles. El personaje de Flora cumple 100 años y nos cuenta esa historia de su infancia. Es un mundo que nos parece que desapareció hace siglos y siglos y no, ha pasado menos de un siglo.

P.: Vemos, también las utopias que surgen alrededor de las ciudades como el proyecto Icarus, un proyecto en el que se difuminan las fronteras entre la ficción y lo real.

R.: Eso es absolutamente real. Los creadores trabajamos con mentiras. Nuestro material base son las ficciones. Tenemos que tener la habilidad de darles forma y conseguir que el lector se meta dentro. Si una historia no te atrapa, el lector la deja. Primero por los ojos, después por el intelecto, la historia te tiene que enamorar. El creador tiene que saber contar las cosas.

Mucha gente pensará que es una invención este experimento de colonias obreras pero no, este sitio existió. Está basado en dos sitios que existieron realmente. He buscado llegar a la universalidad a través del anonimato y por eso no he querido mostrar casos concretos pero tampoco hacía falta. Las colonias obreras existieron y la aparición de empresarios descendientes de obreros que cuando consiguen poder económico intentan conseguir bienestar para sus obreros. Son épocas de utopias en el que se mezclan las intenciones paternalistas con relaciones casi de amo y esclavo pero es un fenómeno que había que retratar.

Este capítulo está basado en dos lugares, uno en Alemania y el otro en Bélgica. Uno de ellos aún existe y está considerado por la Unesco patrimonio de la humanidad. Son dos sitios muy estudiados en tratados de arquitectura y urbanismo. Cogiendo esos materiales me inventé uno nuevo.

P.: “La Casa” muestra tu gusto por contar historias y es heredera de tu trabajo en “El Octavo Día” aunque ya sin necesidad de narradores como Dios y el Diablo para contarlas.

R.: Eso pensé mientras iba haciendo el libro. Dado el tamaño que tiene el libro necesitaba un narrador omniscente. Tenía que apartarme de mi idea de lo que estaba pasando en la historia y ser simplemente el relator de lo que va sucediendo evitando mis propias consideraciones morales. Quería mostrar hecho y debía hacerlo a través de personajes humanos para que el lector llegue a la conclusión moral de la historia. Quería que mi voz desapareciese aunque se muestra de un modo más clara en los últimos capítulos, precisamente porque los he vivido. Los capítulos del televisor que entra en casa, el debate final entre el apocalíptico y el integrado.

P.: De hecho el siglo XX muestra un ideario que está muy presente en toda tu obra. La aparición de los coches, el American Way of Life... parecen entrar en tus obsesiones particulares.

R.: Más bien diría que está tratada gráficamente muy en la línea de las obsesiones que tu dices pero temáticamente mantengo el ritmo de los anteriores capítulos. El desencadenamiento de los acontecimientos es el que marca el desarrollo de los capítulo. Quizás si que puede el lector encontrar al Torres que más conoce en el dibujo pero siempre al servicio de la historia.

P.: Durante el siglo XX el perfil de las ciudades viene marcado por el desarrollo del motor. El coche permite expandir los límites de las ciudades horizontalmente con inmensas carreteras y el ascensor permite hacerlo verticalmente con la aparición de los rascacielos.

R.: El automovil nos permite ir a lo largo y el ascensor a lo alto. Entra de lleno otra disciplina como es el urbanismo. La aplicación de la arquitectura en un espacio urbano. Este fenómeno se da por la aglomeración de gente en un espacio pequeño que hace que las casa crezcan a lo alto.

P.: Continuando con el American Way of Life, es la aparición de los electrodomésticos los que hacen que la mujer cobre un nuevo protagonismo en las casas.

R.: Es un fenómeno que la gente pensará que es exagerado y no es así. Está basado en hechos reales que sucedieron en Estados Unidos por la confluencia de dos hechos concretos. En Estados Unidos crece rápidamente una red eléctrica que cubre todo el país, una electricidad que era muy barata. La clase media crece, una clase media que no tiene sirvientes. La mujer se convierte en la gerente de su casa igual que el hombre en su lugar de trabajo y busca que su hogar funcione bien. Además de un sitio agradable tiene que ser económicamente viable y evitar disgustos. Para eso necesita ayuda y esa ayuda viene con los electrodomésticos. Hasta el punto que muchas mujeres estaban contratadas por arquitectos y constructores como asesoras. Los americanos han sido siempre muy pragmáticos y si el diseñador era un hombre que nunca lavaba necesitaba a una mujer que le explicase las peculiaridades para hacer el electrodoméstico lo más práctico posible. Surgen incluso revistas dedicadas a como gestionar la casa.

P.: Frente a este planteamiento de la casa como hogar, muestras cómo surgen en los años 30 en Alemania escuelas como la Bauhaus que ven la arquitectura más como un planteamiento ético y estético.

R.: La arquitectura como concepto. Ellos lo llamaban como la máquina de habitar. Casi se puede ver como una involución porque la casa se convierte casi en un programa político y el habitante tiene que vivir allí y aguantarse.  Esas casa funcionaban bien en el plano, pero una vez habitadas mostraban todas sus carencias porque se estaba trabajando con materiales nuevos no testados y para los habitantes de las casas parecían más salas de espera que hogares. Eran lugares inhabitables y fríos que los habitantes transforman hasta convertirlos en algo que era difícilmente identificable con el plano original. Es el retrato de una época que se acaba con la 2ª Guerra Mundial. Europa acaba destrozada y hay que reconstruirla y se vuelve a los paradigmas de la arquitectura en los que las casas muestran la forma en la que se tiene que vivir. El urbanismo dará respuesta a las aglomeraciones urbanas y comienza una historia de avances y retrocesos en la que todavía estamos.

P.: “La Casa” es una historia de personajes pero también es una historia de oficio. Comentabas como llevas 35 años como profesional del medio. A lo largo del libro no solo cambian las casa y los personajes, también cambia el modo en el que cuentas cada capítulo. Utilizas los recursos que has ido aprendiendo a lo largo de toda tu historia y parece que cada capítulo está obligado a ser distinto al anterior. Parece que el nivel de exigencia ha sido enorme.

R.: Sí, ha sido muy grande pero porque me lo podía permitir. Me gusta mucho cambiar los géneros y transgredirlos. Tanto en cómic como en ilustración siempre me ha gustado cambiar la relación entre texto e ilustración pero siempre marca la narración el camino.

Lo fácil hubiese sido crear un modelo narrativo desde el principio y aplicarlo durante 26 capítulos pero decidí no hacerlo. No lo decidí por hacerlo más complicado sino porque cada capítulo, al estar habitado por personajes distintos, necesitaba un ambiente narrativo distinto. Lo que hice fue marcar una relación imagen y texto distinto en cada caso para encontrar la primacía de los personajes y para no aburrir al lector. Me parecía que al llegar al capítulo 12 el lector ya sabría que está pasando e intentaba sorprenderle de nuevo para volver a captar su interés en cada capítulo, trabajando cada uno de ellos como si fuese un libro nuevo.

P.: Utilizas todo tipo de herramientas sin problema. En ocasiones los planos de las casa tienen unos fines más ilustrativos y en otros son el núcleo narrativo, en ocasiones delegas al texto todo el peso y en otros casos será totalmente mudo. ¿Cómo encuentras el ritmo del libro?

R.: Trabajándolo desde el principio. Tú tienes una serie de páginas, unas 24 cada capítulo, y te planteas qué es lo que quieres contar. Es una labor de cocina. Lo que quieres contar y cómo quieres contarlo. Tienes que buscar el equilibrio para que no quede pesada ni hueca. Este cambio de registros me facilita mucho el trabajo. Cuento con una caja de herramientas que he construido a lo largo de 35 años y si he conseguido que los lectores se entretengan es porque he intentado usar todos los recursos narrativos de las que dispongo.

P.: Miras al pasado pero también al futuro con influencias como Chris Ware que incorporas de un modo orgánico a tu trabajo.

R.: Yo no me cierro a ninguna aproximación a la hora de contar historias. Lo que manda es la historia y todo lo demás se tiene que adecuar a ese mensaje. Tenemos la gran fortuna de poseer una serie de herramientas baratas. Si fuese cineasta y me plantease llevar a cabo esta historia sería catastrófico porque nos iríamos de presupuesto constantemente pero en mi caso puedo usar las herramientas que precise sin grandes costes. Puedo usarlas y combinarlas para que sea legible y fluido y que haga pensar. Me gusta que los lectores lo puedan leer de una tacada y que encuentren detalles nuevos en una segunda y tercera lectura. No busco una lectura rápida de usar y tirar, que se ve mucho ahora. Quiero que la gente tenga “La Casa” casi como un libro de cabecera, como un libro de arte que consultas de vez en cuando y lo hagas disfrutándolo.

P.: A pesar del tamaño del libro da la sensación de que uno de los trabajos más complicados ha sido la síntesis.

R.: Sí, eso lo sabe todo el que ha intentado contar alguna vez una historia. En un primer momento reúnes materiales. Haciendo un símil con la construcción tienes que hacer un cimiento muy profundo y fuerte que luego no se ve pero evita que se caiga. Es importante saber qué debes usar de todo lo que tienes porque, primero, no te cabe y segundo, lastraría la historia. Cuando adquieres experiencia ves que una de las cosas más dolorosas es tirar material que has recopilado y te interesa pero no tiene cabida.

La labor de síntesis en el libro es tremenda y creo que se transmite. Primero se ve que podía haber más capítulos y por otra parte en algunos capítulos da la sensación que nos podíamos haber extendido más pero contar demasiado también es malo. Llegar a ese equilibrio entre lo que uno debe guardar y tirar muestra que un autor está ya completo.

P.: En estos 35 años has pasado por todos los grandes movimientos del cómic. El underground, la línea clara, el cierre de las revistas, el reciclaje en prensa, la aproximación a la novela gráfica... ¿Qué te lleva a contar “La Casa” en cómic?

R.: Aún no he hecho un análisis serio de la obra una vez acabada pero como decía antes en broma, para mí ha sido una revalida. He tenido que pasar por muchos momentos como la elección de estilos. Es algo que me preocupaba mucho de joven, buscar un estilo. Cuando lo consigues casi huyes de ello. Es un mundo que no es estático. Que la gente no crea que un autor se establece en un estilo que aplica en libro tras libro. Los autores nos preocupamos por cambiar y es algo que se refleja en los libros que hacemos. Hay autores que son siempre fieles a un estilo pero no es mi caso. Mi reto es que se me identifique con un estilo... pero que no sea siempre el mismo y en ello estoy.

La gente puede imaginar que tras 6 años haciendo “La Casa” puedo acabar con ganas de terminar con todo, con una especie de depresión posparto pero no es así. Acabé este libro en Junio de 2014 y lo que hice fue ponerme con tres proyectos nuevos que están casi terminados. Uno es un nuevo libro de Tom, Tom en Barcelona, he hecho 50 acuarelas para una exposición en la Galería Glenat  en París y he hecho una cosa que puede sorprender a quienes no me conozcan. Desde hace 6 años estoy haciendo los fines de semana un nuevo libro de Roco Vargas. Mi respuesta a mantenerme en un tono creativo es esa, no puedo dormirme en lo ya hecho. Estoy esperando a ver la respuesta que tiene el libro en la calle. Por parte de los medios he visto un gran interés y espero a ver qué dicen las ventas pero dentro de un tiempo haré una lectura de qué ha supuesto la obra.

P.: ¿Llega a convertirse en una obsesión el trabajo en “La Casa” a pesar de ser un encargo?

R.: Sí claro. Puedes hacer un encargo de un libro de 48 páginas pero de 600 páginas, si no haces tuyo el encargo sucumbes. He hecho todo en el libro. Todos los dibujos que hay en el libro los he hecho yo. Han sido 3 años de trabajo muy muy intenso y ha habido momentos de duda, pensar que no puedes con ello. Para llevarlo a buen puerto hice que fuera mío.

P.: Vuelve Roco Vargas.

R.- Sí, es una historia de 80 páginas con la tinta acabada en la que vuelvo a mis inicios. Vuelvo a Tritón porque los originales son a color y con ello estoy. Saldrá el año que viene porque el año que viene se cumplen 30 años de La estrella lejana. Con la editorial estoy hablando de hacer algo especial: una exposición o una edición especial.

Con el libro hago una especie de bucle que cierra toda la historia y a ver qué pasa con la serie. El contacto con el público es fundamental y desde hace tiempo me preguntaban los lectores por él. Se lo debo, primero al personaje y después a los lectores. Hay un nuevo Roco.

Tenía la necesidad de contar la historia desde hace mucho pero no tenía tiempo así que me he tenido que convertir en dominguero para llevarla a cabo en mis ratos libres. No quería dejarlo y gracias a que trabajo como una hormiguita ya tengo en guión y dibujo y estoy poniendo el color.

P.: Volviendo a “La Casa”, acabas con un debate entre lo analógico y lo digital. El nuevo Roco lo haces analógico precisamente.

R.: Sí, es que no me he aclarado muy bien con lo digital. No escondo que soy analógico y tengo que seguir por allí. Esta historia tiene muchas lecturas. Por una parte, está lo que debo a los lectores pero, por otra parte, quería sentir que lo hacía con medios totalmente míos. Menos en cosas concretas voy a seguir por este camino lo que me quede de creador. En “La Casa” hay más color digital pero también hay color manual. A partir de ahora mis trabajos personales van a ser hechos a mano.

P.: Nos has avanzado mucho pero, ¿qué proyectos tienes en mente?

R.: Tengo varios. Yo colecciono cuadernos de trabajo. Mi forma de trabajar es la siguiente. Primero tengo una idea, un chispazo, como una ameba que surge en el líquido primigenio. Esa idea la apunto en un cuaderno en blanco. A veces esa idea se queda allí y en otras ocasiones va creciendo y se convierte en un cuaderno gigante con un montón de ideas anotadas allí. Cuadernos de esos tengo un montón. Creo que el primer cuaderno es del año 1984 y quiero retomarlo. Allí tengo un personaje, Rousseau, una historia que sucede en la Alemania de entreguerras. Antes quiero hacer otra cosa en el mundo de Roco Vargas en este retrofuturo que ahora se llama Diesel-Punk. Para mí es un mundo muy interesante y quiero volver a ello.

Proyectos tengo muchos pero no sé si me dará tiempo a hacerlos.

Me interesa seguir haciendo acuarelas como las de la exposición de París que te contaba y trabajos de cómic e ilustración. La ilustración ha bajado mucho pero yo quiero seguir. Yo soy un narrador y quiero seguir en este mundo.

P.: ¿Qué tiene el cómic para que enganche tanto?

R.: Para los lectores es un medio que, a pesar de tener más de un siglo de existencia, sigue resultándoles muy joven. Es un lenguaje muy permeable que se empapa de todo lo que sucede a su alrededor y se renueva constantemente. Hablamos de equipos de trabajo muy pequeños, de una o dos personas que pueden hacer muchas cosas con sus 4 manos. Para cualquier lector mínimamente interesado puede encontrar un gran número de trabajos en función de sus necesidades. Ese es el gran reto, conseguir llevar al lector a ese espacio dedicado al cómic para que pueda escoger qué le puede interesar.

Fuente: Bilbao 24 Horas

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15 mar. 2016

¡CONTINUARA COMICS EN EL 80 ANIVERSARIO DE IBAÑEZ!

Merecidísimo homenaje al Maestro Ibañez en su 80 aniversario y presentación de la increíble edición integral de 13 RUE DEL PERCEBE: un cómic antológico que reune en un sólo volúmen TODAS las páginas, desde su primera aparición en 1961 hasta las más recientes.

Personajes inolvidables de nuestra historieta, como la portera, el tendero, el moroso de la azotea o la dueña de la pensión, surgidos de la fecunda imaginación de Ibáñez, hicieron de esta serie una de las más celebradas del cómic de todas las épocas.






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10 mar. 2016

"INTRUSOS" DE ADRIAN TOMINE


Sapristi editará en marzo de 2016 lo próximo de Adrian Tomine, Killing and Dying, que acaba de ver la luz en el mercado americano, publicado por Drawn & Quarterly. Traducido aquí como Intrusos (extraído del título homónimo de uno de sus relatos), este cómic significa el retorno de uno de los grandes del noveno arte que ya está recibiendo alabanzas allá donde ha sido leído. Nos hace una ilusión bombástica publicarlo, como lectores de su obra, coleccionistas de sus láminas y ultrafans de su imaginario.

“A través de seis historias interconectadas y de un humor muy negro, Tomine compone, desde la calma, un emotivo retrato de la vida contemporánea, que captura el orgullo y la decepción de la familia, así como la ansiedad y la desesperanza de vivir en el siglo xxi. Una obra maestra tensa y realista” Publishers Weekly.

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9 mar. 2016

"EL HOMBRE SIN TALENTO" DE YOSHIHARU TSUGE

Para entender la clave de El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge hay que asumir en primer lugar que el título es, básicamente, mentira. Es así como puede profundizarse en los múltiples niveles de una obra que parece sencilla, que parece, simplemente, contar una serie de vivencias depresivas, pero que lanza sus hilos en direcciones muy diferentes, incluso contradictorias. Porque Tsuge se proyecta en un personaje que tiene talento, pero escoge no emplearlo. Es un autor de manga con prestigio, de obra escasa pero muy apreciada. Podría, con esfuerzo, vivir de ello. Pero escoge deliberadamente no hacerlo porque «en el mundo del manga no se aprecia el arte, se considera algo superfluo» (p. 173). Abraza la derrota y el fracaso con una actitud autodestructiva que contrasta con sus intentos de iniciar negocios que intuye lucrativos pero que casi parece, secretamente, que desea que fracasen. ¿Cómo puede entenderse eso? Puede recurrirse a la explicación médica y hablar de depresión. Desde luego El hombre sin talento puede leerse como una gran tragedia, como la historia de una familia que pasa mil penalidades por la apatía de un hombre que, como dice su esposa, se empuja a sí mismo a la perdición. Pero en su posición hay algo más, que tiene que ver cómo se ve el artista a sí mismo. Lo que en algunos autores parece un recurso literario, una postura intelectual desde la que construir la obra propia —y pienso en la ética del fracaso que describió David M. Ball en su ensayo sobre la obra de Chris Ware, publicado en Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea (Errata Naturae, 2013)—, aquí parece una íntima decisión vital que Tsuge no es capaz de superar. Podría haber sido el más grande, pero escogió no serlo. Y en esa decisión, paradójicamente, reside su verdadera grandeza, porque contándonos por qué no nos cuenta nada, creó una obra que dejó un poso que, seguramente, nunca habría dejado con una obra larga seriada.

Tsuge, decía antes, en realidad sí tiene talento. Domina el lenguaje de un modo profundo, comprende sus mecanismos y emplea recursos estandarizados del manga para describir con el dibujo sin subrayados, sin salidas de tono, rechazando o moderando concienzudamente aquellas herramientas que Osamu Tezuka —el padre que la generación de Tsuge tuvo que matar— fijó para el manga juvenil de aventuras. Las caras pueden tener un realismo neutro o virar a la caricatura sutil, e incluso pueden ambas cosas convivir en la misma viñeta. Su Japón es un Japón que ha quedado en los márgenes de la modernidad, casi atrapado en el tiempo, lleno de miseria y de personas que se niegan a abandonar ese mundo antiguo que equivocadamente juzgamos más sencillo, más puro y justo. Es imposible no acordarse de Seth y su mirada melancólica a un pasado que no existió, y compararlo con el patetismo de Tsuge. Los personajes del canadiense pueden ser figuras tristes, pero el pasado por el que suspiran tuvo cierto brillo. Tsuge y la pandilla de buscavidas con los que se relaciona, en cambio, se aferran a aspectos del pasado inútiles, porque en su falta de utilidad reside su atracción irresistible. En los diferentes capítulos del libro, su protagonista intenta hacer negocio vendiendo pájaros cantores, cámaras fotográficas de segunda mano, antigüedades y —lo más llamativo— piedras de río. Todo responde a una promesa de negocio basada en un coleccionismo que ya no existe, que ha pasado de moda o que, en realidad, nunca fue cosa más que de cuatro personas con dinero y mucho tiempo libre.

Cuanto más rápida sea la transición entre tradición y modernidad, más víctimas deja por el camino; es decir, más individuos son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos. La sociedad japonesa, por la historia específica del país, es un ejemplo perfecto de esto, y es algo que revela muy claramente la lectura de El hombre sin talento. En el fondo, lamentarse de que la gente de hoy —de los años ochenta en los que Tsuge escribió el manga— no tiene tiempo de pararse a admirar una roca con una forma caprichosa no deja de ser una manera muy mezquina y estrecha de miras de juzgar los tiempos modernos. Ese puñado de personajes que desfilan por las páginas del libro, que se quejan de los aficionados, de cómo antes sí que se apreciaban las cosas que ellos venden, son patéticos porque, en realidad, lo que están demandando es una élite aristocrática, la existencia de unos pocos escogidos que puedan comprarles su chatarra. Lo más interesante es que, por si fuera poco, Tsuge llega tarde a todo. No añora nada que viviera, simplemente le atraen los ecos del negocio que podría haber hecho y nunca hará. Del mismo modo, parece necesitar convencerse de ello y, en uno de los diálogos más interesantes, se lamenta junto al vendedor de pájaros de que la gente joven ya no aprecia el canto hermoso de las aves canoras japonesas, y prefiere comprar vistosos pájaros extranjeros cuya cría no requiere mucho esfuerzo. La metáfora enseguida se hace explícita, y la conversación deriva a una disquisición sobre la sociedad japonesa, y cómo la gente da la espalda a aquello que cuesta trabajo y abraza lo inmediato: cómo se abandonan los buenos viejos valores en favor de lo nuevo, que es por definición incierto. Es un discurso que puede parecer reaccionario pero que gracias al punto de vista narrativo, deliberadamente ambiguo, queda en una encrucijada entre lo que el protagonista hace y dice, y lo que el Tsuge autor expone, porque no termina de posicionarse.

La narración fragmentada ayuda a esa ambigüedad. Vemos al protagonista y su familia en varios momentos de sus vidas, desordenados. En el presente, donde empieza la historia con los intentos por vender piedras de río, el matrimonio está ya prácticamente roto, aunque nunca se verbalice. Lo simboliza la figura de su esposa, siempre de espaldas en este capítulo. Es un personaje, por cierto, clave para entender El hombre sin talento, y que pasa de estimularle, de pedirle que dibuje aunque no le encarguen nada, a odiarlo por sus planes absurdos para ganar un dinero que jamás llegará. Cada vez más apartado de la realidad cotidiana, contrastará la alegría y excitación con la que aborda el negocio de reparación y venta de cámaras de segunda mano —lucrativo durante un breve tiempo, justo el suficiente como para que los pocos coleccionistas de cámaras ya tengan todo lo que buscan— con la resignación apática que muestra en su puesto de piedras. En él, parece ya en la última fase de un proceso que Tsuge vincula tenuemente con el budismo, pero al que da un trasfondo perturbador. Paralelamente, y tal vez para enfatizar o simbolizar ese desapego por la vida, la narración se sumerge en elementos cuasi sobrenaturales o míticos, a través de historias espectrales, narradas en tercera persona y, por tanto, más filtradas, menos ciertas que la narración directa autobiográfica. De hecho, incluso se cuestiona Tsuge si lo que le cuentan no estará exagerado. La última historia o capítulo del libro cuenta la historia de Seigetsu, un poeta vagabundo que se desprendió de toda posesión material y regalaba su arte. Y que murió, inevitablemente, en la más sarnosa miseria. El protagonista de El hombre sin talento, por el contrario, eligió no regalar su arte, pero tampoco lo vendió. No hizo nada más que seguir tumbado bajo su chamizo, esperando que alguien, al menos una vez en la vida, apreciara la belleza de una piedra que encontró en el río.

Fuente: Entre Cómics

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8 mar. 2016

"EL ÁRABE DEL FUTURO 2" DE RIAD SATTOUF


Desde finales del siglo pasado no hace falta tener súperpoderes para gobernar páginas con viñetas. Las historietas ya no son territorio exclusivo de Spiderman o Superman y ahora basta con un niño con aire ingenuo deambulando por la Siria de los años ochenta para conquistar el universo de la novela gráfica.

"Intento hacer cómics que puedan leerlos quienes no leen cómic. Ese es mi objetivo. No quiero dejar el cómic a los fans de los superhéroes", comenta en una entrevista Riad Sattouf (París, 1978) con motivo de la publicación este viernes en España de la segunda entrega de su exitosa saga autobiográfica 'El árabe del futuro'.

En este segunda entrega, que también edita Salamandra Graphic y llegará a Latinoamérica en los próximos meses, Riad tiene seis años y sigue luciendo los mismos rizos rubios con los que conquistó el Festival Internacional del Cómic de Angulema en 2015.

La familia franco-siria Sattouf reside en este relato en Ter Maaleh, a las afueras de la ciudad siria de Homs, donde la vida transcurre de manera muy diferente a la que Riad dejó atrás en su Francia natal.

El pequeño tendrá que enfrentarse a su primer día de colegio en una paupérrima aldea, parca en infraestructuras y aliñada con pastores de cabras, mujeres con velo y parafernalia patriótica.

"A menudo, la ingenuidad y la inocencia aparente de los niños resalta lo absurdo de los comportamientos adultos", explica el autor de un cómic que narra con humor situaciones cotidianas del tradicionalista mundo rural sirio en los años ochenta, una sociedad que rezuma machismo, antisemitismo y autoritarismo.

El Riad Sattouf actual ya no es aquel niño rubio que miraba con profundo orgullo a su padre en un mundo desconocido, sino un respetado artista de 37 años con ojos rasgados y gafas de pasta oscura cuyas patillas desaparecen entre un pelo negruzco y una barba prieta.

Ladeado en una silla en las oficinas de una editorial en la capital francesa donde recibe a la prensa, Sattouf se refiere a su progenitor como "alguien que había nacido ultrapobre y que había llegado a la cima de la educación europea", al doctorarse en Historia en la Universidad de La Sorbona de París.

"Después quiso devolverle al mundo árabe la educación que había tenido porque quería convertirse en alguien importante", dice sobre el verdadero protagonista de una historia con humor ingenuo en viñetas violáceas que espera cerrar en cinco tomos. De los dos primeros fascículos se han vendido más de 650.000 ejemplares.

Le interesa, dice, mostrar "esa paradoja entre la aspiración al progreso y a la modernidad" y "ese sentimiento profundamente anclado de que la libertad no es una opción y de que si dejamos que la gente haga lo que quiera va a elegir a dirigentes inútiles que les van a hacer falsas promesas".

La magia del relato, en línea con otras recientes novelas gráficas de éxito como 'Crónicas de Jerusalén', de Guy Delisle, reside en que se presentan los hechos con ingenuidad, sin que el narrador tome posición y mediante un dibujo de trazo simple y aseado, ejecutado por el que fue un temprano admirador de Tintin.

Un Tintin que -abundando en las contradicciones del padre panarabista, laico y profesor universitario- era el único libro que había en la casa de la infancia de Sattouf, junto con una edición del Corán.

"Durante muchos años creí que Tintin existía desde la eternidad, como la Tierra o el Sol. El día que comprendí que un ser humano podía hacer eso fue una revelación. Como si me hubieran dicho que el Sol lo ha hecho un hombre", cuenta Sattouf, que entonces ni soñaba con vivir de los lápices.

El autor, que reside en París, ha olvidado el árabe y hace dos décadas que no ha pisado Siria. Elude hablar de la situación actual de un país cuya actualidad afirma desconocer y que se las apaña para regresar con sus respuestas al territorio perdido de la infancia.

"Un día leí en el diario 'Le Monde' el nombre de mi pueblo en Siria, que se llama Ter Maaleh. No es que sea un rincón olvidado del mundo, sino que lo es también en la propia Siria. Leer el nombre del pueblo en un periódico así me hizo pensar en cómo habíamos llegado a esto. Es terriblemente triste, un drama absoluto", concluye.

Fuente: Diario de Navarra

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