9 mar. 2016

"EL HOMBRE SIN TALENTO" DE YOSHIHARU TSUGE

Para entender la clave de El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge hay que asumir en primer lugar que el título es, básicamente, mentira. Es así como puede profundizarse en los múltiples niveles de una obra que parece sencilla, que parece, simplemente, contar una serie de vivencias depresivas, pero que lanza sus hilos en direcciones muy diferentes, incluso contradictorias. Porque Tsuge se proyecta en un personaje que tiene talento, pero escoge no emplearlo. Es un autor de manga con prestigio, de obra escasa pero muy apreciada. Podría, con esfuerzo, vivir de ello. Pero escoge deliberadamente no hacerlo porque «en el mundo del manga no se aprecia el arte, se considera algo superfluo» (p. 173). Abraza la derrota y el fracaso con una actitud autodestructiva que contrasta con sus intentos de iniciar negocios que intuye lucrativos pero que casi parece, secretamente, que desea que fracasen. ¿Cómo puede entenderse eso? Puede recurrirse a la explicación médica y hablar de depresión. Desde luego El hombre sin talento puede leerse como una gran tragedia, como la historia de una familia que pasa mil penalidades por la apatía de un hombre que, como dice su esposa, se empuja a sí mismo a la perdición. Pero en su posición hay algo más, que tiene que ver cómo se ve el artista a sí mismo. Lo que en algunos autores parece un recurso literario, una postura intelectual desde la que construir la obra propia —y pienso en la ética del fracaso que describió David M. Ball en su ensayo sobre la obra de Chris Ware, publicado en Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea (Errata Naturae, 2013)—, aquí parece una íntima decisión vital que Tsuge no es capaz de superar. Podría haber sido el más grande, pero escogió no serlo. Y en esa decisión, paradójicamente, reside su verdadera grandeza, porque contándonos por qué no nos cuenta nada, creó una obra que dejó un poso que, seguramente, nunca habría dejado con una obra larga seriada.

Tsuge, decía antes, en realidad sí tiene talento. Domina el lenguaje de un modo profundo, comprende sus mecanismos y emplea recursos estandarizados del manga para describir con el dibujo sin subrayados, sin salidas de tono, rechazando o moderando concienzudamente aquellas herramientas que Osamu Tezuka —el padre que la generación de Tsuge tuvo que matar— fijó para el manga juvenil de aventuras. Las caras pueden tener un realismo neutro o virar a la caricatura sutil, e incluso pueden ambas cosas convivir en la misma viñeta. Su Japón es un Japón que ha quedado en los márgenes de la modernidad, casi atrapado en el tiempo, lleno de miseria y de personas que se niegan a abandonar ese mundo antiguo que equivocadamente juzgamos más sencillo, más puro y justo. Es imposible no acordarse de Seth y su mirada melancólica a un pasado que no existió, y compararlo con el patetismo de Tsuge. Los personajes del canadiense pueden ser figuras tristes, pero el pasado por el que suspiran tuvo cierto brillo. Tsuge y la pandilla de buscavidas con los que se relaciona, en cambio, se aferran a aspectos del pasado inútiles, porque en su falta de utilidad reside su atracción irresistible. En los diferentes capítulos del libro, su protagonista intenta hacer negocio vendiendo pájaros cantores, cámaras fotográficas de segunda mano, antigüedades y —lo más llamativo— piedras de río. Todo responde a una promesa de negocio basada en un coleccionismo que ya no existe, que ha pasado de moda o que, en realidad, nunca fue cosa más que de cuatro personas con dinero y mucho tiempo libre.

Cuanto más rápida sea la transición entre tradición y modernidad, más víctimas deja por el camino; es decir, más individuos son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos. La sociedad japonesa, por la historia específica del país, es un ejemplo perfecto de esto, y es algo que revela muy claramente la lectura de El hombre sin talento. En el fondo, lamentarse de que la gente de hoy —de los años ochenta en los que Tsuge escribió el manga— no tiene tiempo de pararse a admirar una roca con una forma caprichosa no deja de ser una manera muy mezquina y estrecha de miras de juzgar los tiempos modernos. Ese puñado de personajes que desfilan por las páginas del libro, que se quejan de los aficionados, de cómo antes sí que se apreciaban las cosas que ellos venden, son patéticos porque, en realidad, lo que están demandando es una élite aristocrática, la existencia de unos pocos escogidos que puedan comprarles su chatarra. Lo más interesante es que, por si fuera poco, Tsuge llega tarde a todo. No añora nada que viviera, simplemente le atraen los ecos del negocio que podría haber hecho y nunca hará. Del mismo modo, parece necesitar convencerse de ello y, en uno de los diálogos más interesantes, se lamenta junto al vendedor de pájaros de que la gente joven ya no aprecia el canto hermoso de las aves canoras japonesas, y prefiere comprar vistosos pájaros extranjeros cuya cría no requiere mucho esfuerzo. La metáfora enseguida se hace explícita, y la conversación deriva a una disquisición sobre la sociedad japonesa, y cómo la gente da la espalda a aquello que cuesta trabajo y abraza lo inmediato: cómo se abandonan los buenos viejos valores en favor de lo nuevo, que es por definición incierto. Es un discurso que puede parecer reaccionario pero que gracias al punto de vista narrativo, deliberadamente ambiguo, queda en una encrucijada entre lo que el protagonista hace y dice, y lo que el Tsuge autor expone, porque no termina de posicionarse.

La narración fragmentada ayuda a esa ambigüedad. Vemos al protagonista y su familia en varios momentos de sus vidas, desordenados. En el presente, donde empieza la historia con los intentos por vender piedras de río, el matrimonio está ya prácticamente roto, aunque nunca se verbalice. Lo simboliza la figura de su esposa, siempre de espaldas en este capítulo. Es un personaje, por cierto, clave para entender El hombre sin talento, y que pasa de estimularle, de pedirle que dibuje aunque no le encarguen nada, a odiarlo por sus planes absurdos para ganar un dinero que jamás llegará. Cada vez más apartado de la realidad cotidiana, contrastará la alegría y excitación con la que aborda el negocio de reparación y venta de cámaras de segunda mano —lucrativo durante un breve tiempo, justo el suficiente como para que los pocos coleccionistas de cámaras ya tengan todo lo que buscan— con la resignación apática que muestra en su puesto de piedras. En él, parece ya en la última fase de un proceso que Tsuge vincula tenuemente con el budismo, pero al que da un trasfondo perturbador. Paralelamente, y tal vez para enfatizar o simbolizar ese desapego por la vida, la narración se sumerge en elementos cuasi sobrenaturales o míticos, a través de historias espectrales, narradas en tercera persona y, por tanto, más filtradas, menos ciertas que la narración directa autobiográfica. De hecho, incluso se cuestiona Tsuge si lo que le cuentan no estará exagerado. La última historia o capítulo del libro cuenta la historia de Seigetsu, un poeta vagabundo que se desprendió de toda posesión material y regalaba su arte. Y que murió, inevitablemente, en la más sarnosa miseria. El protagonista de El hombre sin talento, por el contrario, eligió no regalar su arte, pero tampoco lo vendió. No hizo nada más que seguir tumbado bajo su chamizo, esperando que alguien, al menos una vez en la vida, apreciara la belleza de una piedra que encontró en el río.

Fuente: Entre Cómics

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