29 mar. 2016

"FRECUENCIA GLOBAL" DE WARREN ELLIS



En 2002, Warren Ellis estaba en la cima de su cruzada por revolucionar el cómic mainstream. Hablamos de un tipo que rompió la monotonía gris y sicopática de los ’90 con una mirada radical y llena de cinismo realista. Con él, ya no se trataba de llorar o sufrir de locura, sino de tomar el toro por las astas y mandarlo al infierno mismo. Ellis había marcado territorio como uno de los últimos autores en marcarse un hito en Vertigo con Transmetropolitan y, saltando a Wildstorm, había dado forma a sus obras capitales: Planetary y The Authority. Ya establecido como el nuevo paradigma de narrativa (sin Ellis, jamás habría sido posible The Ultimates), ¿qué se podía esperar del “heredero” de Alan Moore y Neil Gaiman?

Un giro inesperado. Un experimento. Un tiro en la cabeza. Eso es Global Frequency.

¿Pero de que va su premisa? Simple: una organización secreta e internacional de recursos ilimitados, posiblemente financiada por las naciones del G8 y que posee jurisdicción global plena para intervenir en casos de crisis extrema. Lo que diferencia a Global Frequency de otros supergrupos como Planetary o Authority es su estructura: está conformada por 1001 agentes, cada uno de ellos experto en su área específica, repartidos por diversos puntos del globo y que esperan el llamado a la acción.

No son agentes durmientes, sino en reserva, esperando su turno, que llega ante todo por localización y después por expertiz. Francotiradores, agentes infiltradores, hackers y expertos en física cuántica comparten membresía con sociólogos, investigadores, chamanes esotéricos y agentes de policía comunes y corrientes. Ninguno de ellos se conoce entre sí, pero cada uno posee un teléfono satelital que les ha entregado su líder, Miranda Zero, único rostro conocido de la organización.

En cualquier momento pueden recibir la llamada de Aleph, la borgeana agente coordinadora de todos las células activas de Global Frequency y que les asigna responsabilidades, coordinando el trabajo de campo e interconectando a todos los agentes. Una completa red de habilidades específicas al servicio de la humanidad en peligro.

La premisa exuda adrenalina por los cuatro costados y Ellis, antes que dedicarse a explicarla, prefiere experimentar con ese mismo vértigo. La serie se desarrolla en doce capítulos unitarios que están desarrollados por un artista diferente cada vez y Ellis escribe para el lucimiento del dibujante. Por ejemplo, el tono contemplativo y minimalista de una misión en tierras nórdicas es para el lucimiento del gran John J. Mouth (Sandman), mientras que otro episodio dedicado a un combate entre dos mercenarios entrenados para alimentarse del dolor físico, marcada por las mutilaciones, está dada para Simon Bisley (Lobo).

Asimismo se luce la pluma de Lee Bermejo (Joker) en el caso de un agente japonés enfrentado al intenso horror de experimentos físicos y mentales como sólo se puede ver en Japón, o el ritmo narrativo clásico de Chris Sprouse (Tom Strong) en una aventura contrarreloj de secuestro y rescate. La nómina de artistas es de lujo y sólo por ella vale la pena adquirir este tomo: Garry Leach, Glenn Fabry, Steve Dillon, Roy Allan Martínez, David Lloyd, Tomm Coker, Jason Pearson y Gene Ha.

¿Qué le juega en contra a Global Frequency? Justamente, su vocación televisiva. Es difícil mantener el interés cuando no existe un hilo conductor claro en la lectura. El orden de los episodios es irrelevante. Aparte de Miranda Zero y Aleph, no hay otros personajes que se muestren constantes, y si bien sus perfiles son explicados, no se profundiza en ellos. No era el momento. Villanos reconocibles no hay: las amenazas son variables e incidentales. ¿es todo esto un defecto? En lo absoluto.

Cada episodio es una bomba de adrenalina y un constante viaje en media res; de hecho no es recomendado leerla de corrido, pues la sensación de vació puede ser muy fuerte. El ideal es agarrar el tomo y escoger una aventura al azar, dejarse llevar y soltarla. Ellis entrega episodios directos al mentón en su habitual estilo: cínicos, malhablados y mala leche, con un desencanto palpable y desesperanzador, pero sin perder nunca el sentido del humor. Si no es posible aceptar esta premisa, mejor dejarlo pasar. Global Frequency no es una serie para medias tintas.

¿Puede evaluarse el impacto de Global Frequency en estos días, cuando ya conocemos lo que puede ser Lost o 24 en TV? Ciertamente como propuesta televisiva ha envejecido mal. Lo que era novedoso, su vértigo inicial y sensación de constante amenaza se ha diluido, amén del buen hacer de los talentos que hoy campean en televisión y que han demostrado que no sólo es posible entregar tramas complejas, sino también – y sobretodo – personajes complejos (Battlestar Galactica, Torchwood, Mad Men, Breaking Bad).

Sin embargo, puesta en su contexto como novela gráfica (o serie más bien), Global Frequency es tremendamente innovadora. Su profundo conocimiento de la ciencia ficción más dura (sello de fábrica de Ellis) le ha permitido ser profética en su tiempo y furiosamente actual hoy a casi 10 años de su creación. La visión de Ellis para el uso de internet, el trabajo interdisciplinario, el uso (y factibilidad) de implantes biónicos, la relación entre ciencia física y magia esotérica, entre otros muchos tópicos especialmente nucleares hacen de GF una lectura más que vigente. No es casual que tras el fallido piloto que efectivamente se realizó en 2005, y que nunca llegó a ver la luz, se haya retomado tibiamente la idea hace poco menos de un año para un segundo intento, corrigiendo y actualizando ese intento protagonizado por la muy de moda Michelle Forbes (Maryann Forrester en True Blood).

Fuente: Salón del Mal

YA A LA VENTA EN CONTINUARÀ: ¡CLICK AQUÍ!

No hay comentarios:

Publicar un comentario